Disponible en la página del Festival de Mar del Plata desde el 21 hasta el 23 de noviembre.

Dicen que a Jorge Bonino (y eso se menciona en la película) lo llamaban “El Jacques Tati argentino”. De origen cordobés, fue arquitecto, actor, humorista, un artista en general bastante inclasificable. Protagonista y autor improvisado de espectáculos unipersonales donde se comunicaba con un idioma inventado, fue extrañamente exitoso gracias a un carisma y capacidad de comunicar que quienes lo conocieron recuerdan sorprendente y que trasladaba a su vida cotidiana. Martin Sappia, en su ópera prima, trata de rodear a este personaje un poco inasible que los argentinos descubrieron y celebraron en el Instituto Di Tella y luego giró exitosa y erráticamente por varias ciudades de Europa. Sappia aborda su objeto un poco inspirado en su impulso rupturista aunque no tan caótico sino más bien bastante estructurado pero de una manera que escapa al documental convencional. El relato en off está siempre precedido por un “Dicen que”, que va contando y a la vez relativizando lo que se cuenta, mientras que las entrevistados aparecen siempre en off sin que en ningún lugar se anuncie quién está hablando, son simplemente los que lo conocieron, los testigos. Será recién al final que nos enteramos que estuvimos escuchando los testimonios entre otros de Miguel Yanover, Antonio Segui, Norman Brisky o Marilu Marini.

Dicen que de Jorge Bonino (y eso se menciona en la película) casi no quedan registros. En parte por el rumor de que el propio Bonino quemó todos sus archivos. Es quizás por eso que no es recordado de la misma manera que otros de sus contemporáneos a pesar del suceso que tuvo en su momento. De su obra apenas sobreviven unas pocas filmaciones y algunas grabaciones de audio de sus espectáculos en ese idioma inventado. Sappia transforma esa limitación en recurso y la lleva al extremo. Así oiremos todo el tiempo hablar de Bonino y no le veremos nunca la cara, ni siquiera cuando en su breve participación en cine de la cual solo escucharemos su voz. Recién al final podremos ver una filmación sin audio lo cual le da un aire más fantasmal.

Dicen que a Jorge Bonino (aunque eso no se menciona en la película) también lo llamaban “El Antonin Artaud argentino”. Eso viene a cuenta no solo de su actividad artística o la forma visceral con que la encaraba sino también por su vínculo con la locura. Si la división entre el escenario y la vida no estaba siempre tan clara eso implicaba que podría ser un personaje fascinante, querible y seductor, y a la vez intenso y extremo, difícil hasta para sus amigos. Bonino sufrió un brote psicótico del que nunca se recuperó y que lo hizo pasar sus últimos años entre varias instituciones psiquiátricas en Europa y Argentina. Esta circunstancia es la que enmarca el documental que arranca y se cierra con la noticia de su muerte. Sappia acompaña los testimonios e ilustra las circunstancias de la vida de Bonino de una manera indirecta, con atención a detalles y objetos, una fotografía en blanco y negro de planos fijos que cuando surge el tema de la locurta empieza a jugar con las sobreimpresiones y tomas más abstractas. Con una personaje así de complejo y una puesta poco convencional Sappia logra sin embargo hacer cercano a su personaje e incluso ofrecer un retrato extrañamente emotivo.

UN CUERPO ESTALLÓ EN MIL PEDAZOS
De Martín Sappia (Argentina, 2020, 91 minutos)

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