Disponible en la página del Festival de Mar del Plata desde el 22 hasta el 24 de noviembre.

La leyenda maya de Xtabay es un relato tradicional sobre una mujer de profunda belleza que en medio de la selva seduce a los hombres, a quienes conduce a un destino trágico. Más allá del origen mítico que invierte a los relatos moralistas, en Selva trágica la leyenda sirve como organizadora de un relato sobre lo inevitable de la sobre explotación de la naturaleza. Pero la película está lejos de quedarse en una mirada simplificada.

La relación entre el hombre y la selva –lo natural- se quiebra cuando el humano deja de escuchar a la selva. En el acto de romper el vínculo de respeto y satisfacción mutua se produce un salto hacia la súper explotación. Sutilmente esa noción está en el centro de la historia. Hay entre el deseo sexual, el deseo por el poder y el deseo de dinero un encuentro simbólico en el marco de la selva, un espacio del que no se puede salir ni física ni imaginariamente.

En algún momento del siglo XX, en la selva del gran Petén en la frontera entre México y la entonces Honduras Británica (actual Belice), una joven huye de un matrimonio forzado con un inglés, hombre de fortuna y poder. Perdida en la selva mexicana, al otro lado del río Hondo, es rescatada por los chicleros. Ellos son trabajadores manuales que saben ubicar al xicotzápotl en medio del verde, donde todo parece igual, como señala Agnes cuando en su huida mira lo frondoso desde una balsa.

Las primeras imágenes de la persecución de la muchacha beliceña en un ambiente que le es ajeno, remiten a un modelo de relato que de a poco se configura como un western invertido: no será el desierto sino la selva el ámbito para la tragedia, y la muerte vendrá de la mano del mismo espacio vital, aunque la ejecuten los hombres. La erótica selvática, esa suerte de imaginario surgido de la exuberancia se unirá a la tensión sexual entre esos hombres, una extraña patrulla perdida, y esa mujer encontrada. Esa tensión, que es de vida y de muerte, será similar a la que despliega el enfrentamiento entre los trabajadores -mayas / mexicanos- y los ingleses, hombres armados y ricos que vienen a disputar la explotación del chicle, que se obtiene de los árboles ocultos para la vista del común.

La lucha por obtener más dinero en la explotación de la naturaleza es, como la crónica de una muerte anunciada, una tragedia humana. En ese sentido el recurso de difuminar la ubicación temporal del relato es un acierto. La historia ocurre en un tiempo extrañado, un intervalo de tiempo entre un tardío siglo XIX y algún momento de la primera mitad del XX.

Lo mismo ocurre con el espacio. No un afuera de la selva, y como en el western, el espacio es un protagonista. Poder vencerla es también derrotar a quienes tienen con ella una relación de mutuo entendimiento. He ahí el capitalismo, he ahí el rifle, el motor, lo extranjero en tanto extraño.

La muerte en Selva trágica está implícita en el “triunfo” sobre la naturaleza. La selva, ese el lugar del que no se puede salir, se transforma para los hombres –los humanos modernos- en el espacio de los deseos trágicos, donde conviven Eros y Tanatos en la particular erótica del dinero, aquella por la que el cuerpo se enajena de sí mismo y se transforma en el objeto de un deseo vacío. La Selva trágica es el lugar donde, tarde o temprano, ese sujeto se terminará hundiendo para siempre.

SELVA TRÁGICA
De Yulene Olaizola (México, 96 minutos)

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