Disponible en la página del Festival de Mar del Plata desde el 23 hasta el 25 de noviembre.

El género epistolar es tan arcaico como escribir y enviar una carta, y así lo admite desde un principio la voz de Claudia Carreño Gajardo. Este género es propio de la literatura y en particular de la literatura de viajes del siglo XIX, una época y un espíritu al que la realizadora chilena remite a lo largo de este documental/ensayo. Carreño interpreta en off a la fanática de Whistler y dirige sus reflexiones en la mencionada manera epistolar a Pedro, un personaje que nunca aparece mas que como remitente de esta supuesta correspondencia pero sabemos que es el fanático de Conrad del título. Carreño le cuenta acerca de James Whistler, un pintor norteamericano y cosmopolita que en el año 1866, durante la Guerra Hispano-Sudamericana, estuvo unos meses en Valparaíso donde no solo realizó una cuantas pinturas sino que además fue testigo del bombardeo a la ciudad por parte de la Armada Española y hasta tuvo su participación en el conflicto involucrándose en el tráfico de armas. 

En su carta leída, Carreño relata los pormenores de la vida y el pasaje de Whistler y a ese relato lo mezcla con diversas reflexiones acerca del artista como viajero, la seducción de lo exótico, del más allá y de una vida temeraria. El “canto de sirenas” al que también se alude. A ese relato le superpone el archivo en VHS de una accidentada expedición chilena a la Antártida en los 90 que culminó en lo que parece un providencial rescate y trae también a cuento otras historias fascinantes que también tienen que ver con la navegación, como la del Barco de los Esqueletos o la tragedia del Submarino Flach. Carreño ubica una época, la del siglo XIX y el romanticismo, como contrapuesta a la practicidad y el pragmatismo de la actualidad, una era perdida donde era posible la aventura y el coqueteo con el peligro, donde la expedición chilena de fines del siglo XX a la Antártida, ese último territorio virgen, viene a compartir ese espíritu y a sugerir que quizás no haya desaparecido del todo. 

Cartas de una fanática… es una reflexión acerca de la relación entre la vida y el arte, la vida del artista y la vida como arte, y también es una reflexión acerca del cine. En esa historicidad su llegada se produce en el momento en que el romanticismo mencionado está en retirada y la “edad heróica” llega a su fin. El cine aquí pasaría a ocupar un lugar incómodo que es el de misionero y prisionero del realismo, de la reproducción mecánica de la realidad. Toda la puesta en escena del film de Carreño va en el sentido contrario a esa pretensión. La realizadora elabora un collage visual donde conviven imágenes en negativo, tomas espejadas, texto escrito, las pinturas de Whistler, el VHS, las citas cinéfilas y las tomas de Valparaíso actual. Si las pinturas de Whistler se concentraban en los barcos, el océano y la bruma, y poco y nada se veía de la ciudad, en las imágenes de Carreño siempre se apunta al mar y los buques y de la ciudad no se ven más que los muelles. El efecto es hipnótico. Al principio del relato la voz de Carreño anuncia estar en la víspera de un viaje que bien podría ser esta misma película. Un film que es toda una declaración por parte de la realizadora, una apuesta por el rescate de esa idea romántica del artista viajero y donde el cine también puede ser el lugar de la aventura. 

CARTAS DE UNA FANÁTICA DE WHISTLER A UN FANÁTICO DE CONRAD
De Claudia Carreño Gajardo (Chile, 2020. 73 minutos)

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