Disponible en la página del Festival de Mar del Plata desde el 23 hasta el 25 de noviembre.

Camilo Restrepo es un nombre reconocido en la cinematografía internacional a pesar de que hasta ahora solo había realizado cortometrajes. Los conductos es su primer largometraje, y con el viene a confirmar mucho de lo que ya había hecho en sus anteriores trabajos. En este caso retoma la historia de Pinky (Tuerquita), un joven que había conocido en el rodaje del corto Cómo crece la sombra cuando el sol declina. Si cada uno de sus cortos desafiaba a pensar el cine, las técnicas, las narraciones y las tradiciones desde el presente, con Los conductos también lo hace.

Otra particularidad de sus anteriores trabajos, también presente en su ópera prima, es que la historia, los espacios y el tiempo se van (re)construyendo de a poco durante la película. Cierta incertidumbre obliga al espectador a trabajar con el relato y completarlo al final, en este caso con la Elegía a Desquite que cierra la película. A través de estos procedimientos de trabajo y en esa totalidad se configura la historia colombiana. Una historia que sigue estando atravesada por la muerte.

La violencia en Colombia es el eje de su obra. Cualquiera que piense sobre la naturaleza de los 70 años de esta violencia en su país no puede simplificarla, ni pontificar sobre sus actores o moralizar sobre sus causas. Este es uno de los mayores méritos de Restrepo. Aporta desde el cine a componer esa complejidad. Porque entre muchas cosas, Restrepo interpela a las verdades instaladas.

En Los conductos opera sobre lo físico del cine: trabaja con el soporte, con el tamaño del cuadro, las sombras, los colores desgastados, con materiales que pueden funcionar como objetos casuales tanto como escenografía, imágenes sin la vana perfección, sonido (re)construido, un uso intenso de la música para hablar sobre los personajes y sus universos alucinados.

La violencia que cuenta Restrepo no es la guerra en los territorios. Es otra forma de guerras, son guerras silenciosas, permanentes, están entre nosotros.

La historia de Pinky es una historia de violencia en las calles. No es un bandolero, pero vive con su revólver en la cintura. Es un mendigo que fuma drogas cuando puede, hace changas y circula por el mundo. Sea este real, paralelo o imaginario, es siempre amenazante.

Restrepo realiza operaciones estéticas de manera consciente. En la película no hay un mero ejercicio de montaje. La operación plástica –Restrepo proviene de las artes visuales- es claramente una operación política. Así lo que es parte de un trabajo, estampar telas en un proceso mecánico, propone varias funciones. La sencillamente informativa sobre los trabajos de Pinky; la que cuenta en sí misma una sociedad del subdesarrollo donde el trabajo manual y cuasi esclavo reemplaza a procesos mecanizados en industrias modernas; y la transformación de esa misma producción en escenario de la propia película. Los conductos podría pensarse más que como un falso documental, como un documental impostado.

La película es entonces su diseño visual. Sencillo y austero, aprovecha un cuadro 1×1 (el formato es cuadrado) para construir cercanía y ahogo, va hilando la unidad de sentido a partir de diagonales, de luces y sombras, de encuadres con poco movimiento interno y de objetos altamente significantes.

Los conductos es hija de una particular economía cinematográfica, que es narrativa y de producción, confrontando con una cinematografía hegemónica que supone que el cine debe ser largo, digital, HD y super dolby.

En esa disputa por la economía cinematográfica, que es centralmente política y presente, Restrepo es un nombre clave a tener en cuenta.

LOS CONDUCTOS
De Camilo Restrepo (Colombia, 70 minutos)

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