Disponible en la página del Festival de Mar del Plata desde el 23 hasta el 25 de noviembre.

Cebaldo vive en Portugal, donde trabaja en una pescadería. Años atrás ha partido de su aldea en Panamá, se ha separado de su familia y de su origen en la comarca indígena de Guna Yala. En su solitaria habitación lusitana escucha en un casete viejos mensajes grabados en un contestador telefónico. La soledad, la pregunta sobre su adaptación y la nostalgia que las voces traen, lo empujarán al regreso.

La película traza un vínculo entre ese presente de Cebaldo con la historia panameña y el relato de Panquiaco, hijo de Comagre, el cacique más poderoso de la costa atlántica panameña. Según cuenta la historia, enfurecido con los invasores españoles mostró Vasco Nuñez de Balboa la ruta al oro y a los mares del sur (actual océano Pacífico).

Ya en su tierra, Cebaldo visita su casa familiar, a sus hermanos y su tierra. Reconoce los lugares, recupera la memoria de su cuerpo en relación con la naturaleza y visita la tumba de su padre. Ese recorrido se completa con un encuentro simbólico, producto del montaje, con la historia de la cultura indígena panameña.

A pesar de la belleza de las imágenes, de la puesta en escena de las prácticas ancestrales, de cantos, versos y curaciones al hombre enfermo por el dolor del exilio, la película solo propone ciertas obviedades, simplifica la relación entre el pasado y el presente, tanto como la hibridación de las tradiciones, haciéndose confusa y dogmática.

La pertenencia cultural, la identidad y la historia no se resuelven en la mera reproducción ritual. La película, no la realidad, vacía la ritualidad de sentido al convertirla en mera imagen. Ese es su principal problema.

PANQUIACO
De Ana Elena Tejera (Colombia, 84 minutos)

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