Disponible en la página del Festival de Mar del Plata desde el 24 hasta el 26 de noviembre.

Barby vive en un barrio humilde de La Matanza. Tiene una hija pequeña y con frecuencia se traslada en el tren Sarmiento a la Capital para ganarse unos pocos pesos vendiendo medias en la calle. La vemos caminando la zona del Abasto intentando sin mucho éxito llamar la atención de los transeúntes con su mercadería y terminar el recorrido comiendo un choripan y una coca después de una jornada poco fructífera. Por la noche toma a su hija y se dirige a una parada de colectivo y allí le pregunta a otras mujeres que también esperan si “este es el que va para la Sierra”. La Sierra es el penal de Sierra Chica y Barby se está dirigiendo allí a visitar a su pareja y padre de su hija. Después de la revisión reglamentaria se van a encontrar en un recinto destinado a las visitas donde un puñado de presos recibe a sus mujeres e hijos. Comen, escuchan música, charlan de sus cosas. En un momento se apartan y, mientras otros cuidan a la nena, tienen su encuentro íntimo en un cuartito acondicionado para la ocasión. Esta es más o menos la vida de Barby, a la que en las escuetas charlas con su pareja define como “una rutina”. La veremos repetir esta secuencia con algunas pocas variantes, una más concreta cerca del final. Barby dice que está cansada y su actitud corporal lo confirma. Se mueve con resignada paciencia, con cierto automatismo y a la vez la certeza de que esa es la vida que le tocó y no puede hacer mucho más que continuar en movimiento. 

Las ranas es el tercer film como director de Edgardo Castro y este lo presenta como el cierre de una trilogía sobre la soledad. La que Castro viene mostrando no es la soledad de un personaje aislado sino una  soledad entre otros, algo que tiene más que ver con la incomunicación, que en La Noche se daba en el marco de una serie de relaciones casuales y en Familia en la trivialidad cotidiana de las reuniones familiares. Barby anda sola por la vida, se gana la vida sola, cría a su hija sola, aunque ocasionalmente alguien se la cuide para que ella pueda ir a trabajar, y cuando se reúne en la cárcel con su pareja se habla poco y lo que se habla suele referirse a cuestiones de poca importancia. Es más lo que se dice con los gestos y las miradas que con las palabras. Los encuentros sexuales se muestran como parte de esa rutina y carentes de un deseo evidente. Castro registra la vida cotidiana de Barby con una mirada atenta y paciente, con una cámara que sigue a su protagonista a veces de muy cerca y otras se aleja, pero que no es intrusiva. Los desnudos de ella u otros personajes son encarados de la misma manera, son cuerpos que se muestran naturalmente, despojados de erotismo, incluso cuando en una escena se acuda una toma más explícita. 

Al igual que en sus dos films anteriores, Edgardo Castro juega con una línea difusa entre documental y ficción. Sus películas parecen documentales ficcionalizados o ficciones con una impronta documental. Esa sensación aquí es reforzada además por el hecho de que esta vez se sustrae de la escena. En sus films anteriores era también el protagonista, poniendo el cuerpo y hasta su intimidad, como en su segunda película donde se interpretaba a sí mismo y hacía actuar a su propia familia. Para cerrar su trilogía, Castro opta por quedarse detrás de cámara, en el lugar del testigo, en una actitud de registro que es a la vez sobria y empática. 

LAS RANAS
De Edgardo Castro (Argentina, 2020. 77 minutos)

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