Disponible en la página del Festival de Mar del Plata desde el 24 hasta el 26 de noviembre.

Chile era para muchos, hasta hace un año, una suerte de paraíso perdido en medio de una América Latina desigual. El estallido de los jóvenes en octubre de 2019 vino a romper esa suerte de imagen atildada, organizada y económicamente pujante que el legado pinochetista había construido. Piola no enfoca en la rebelión ni en los jóvenes activistas, pero tiene el trasfondo de esa crisis permanentemente impreso en toda su extensión.

Martín está en el último año del liceo y tiene una vida más o menos conflictiva dentro una familia de clase media en franca decadencia; Charly estudia con él y forman el grupo de hip hop Urbe, pero es padre de un niño al que no ve y carece de todo relación afectiva más que su grupo de amigos; Sol es una adolescente de clase media alta, en una relación amorosa y tensa con su propia madre y algún novio algo mayor al que no quiere dejar ir. Contando a ellos, la película que intenta ser un fresco más o menos coral y en ese sentido es relato generacional ciertamente tradicional.

Lo interesante aquí es que Santiago de Chile deja de ser esa capital que a veces parece soñar con el norte y se cuenta desde la comuna de Quillacura, donde el espacio es diverso: barrios de clase media, complejos habitacionales de trabajadores, espacios agrestes y algunos bloques industriales. Allí el rap y el hip hop son espacios de pertenencia e identidad de los jóvenes, el medio por el cual, como dicen Martín, pueden sacar la mierda que lleva adentro. Quillacura es también la comuna que ha recibido más inmigrantes haitianos en la última década y este dato explica una pequeña escena, que el director prefiere relatar casi como al pasar.

“Las calles no son lindas, como dijo Pablo Neruda, yo te hablo de la calle cada vez más ruda”, rapea Martín cuando es llamado a dar una lección al frente de su clase. Pérez cuenta todo con sencillez, sin que los conflictos sean traumas, y sin seguirlos como si fueran determinantes para lo que pasará en el cuadro siguiente. Así permite trabajar con el espectador sobre dónde poner el foco, pero también destacar que aquello que consideramos importante está marcado por cada persona, cada momento y cada lugar. Así evita sumarse a un tipo de relato dramático más convencional sobre las rebeldías y las angustias juveniles.

Si el sistema de puesta en escena permite evitar los énfasis dramáticos, por momentos hace en su devenir permite que la película navegue algo a la deriva o que pueda parecer una estudiantina poco interesante, con un tono más televisivo que cinematográfico. Ese registro espontáneo y honesto, está muy bien sostenido por Max Salgado (Martín), Ignacia Uribe (Sol) y René Miranda (Charly) como aquellos jóvenes que carecen de cualquier esperanza sobre el futuro de sus deseos. Y esa carencia de esperanza de las juventudes, en Chile o en cualquier lugar de América Latina, es indiscutiblemente política.

PIOLA
De Luis Alejandro Pérez (Chile. 100 minutos)

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