Disponible en la página del Festival de Mar del Plata desde el 25 hasta el 27 de noviembre.

Matías creía que nuestras imágenes no servían para nada, que iban directo al vacío. Nos culpaba a los dos de recurrir al gesto violento que supone filmar al otro. Reclamaba que la vida era primero vivirla que filmarla. A mi papá eso no lo inquietaba, porque sabía que su cine pasaba por fuera de la casa. Los videos de su familia eran solo una forma de acumular recuerdos. Y al principio yo creía lo mismo. Pero en las imágenes de esos niños que crecen y en el diario de esa mujer melancólica, yo estaba encontrando otra forma de hacer cine”

Mercedes Gaviria habla de su familia, de su propia relación con el cine –trabaja profesionalmente como sonidista- y este es su primer largometraje. Es hija de Victor Gaviria, un reconocido cineasta que suele realizar películas muy cercanas a la relación entre desigualdad y violencia en las calles de Colombia. La otra forma de hacer cine, a la que se refiere la directora, es tal en relación con la forma de producir de su padre.

Mercedes estudia en Buenos Aires y decide regresar a Medellín para asistirlo durante el rodaje de su última película, La mujer del animal, que cuenta una historia de violencia machista en medio de la pobreza urbana. El film es, de alguna manera, una forma de reencuentro luego de ese viaje hecho contra la voluntad de su madre, y de los años que la separan de aquella niña que fue y que recupera en la forma de videos caseros.

Como el cielo después de llover es un diálogo de la realizadora con su familia, un diálogo hecho película. Pero también está hecha para dialogar con el cine de su padre. Ella rueda una película personal, íntima, en voz baja, y así (se) cuestiona aquel otro cine –en el que se inscribe la obra de su padre- aquel de personajes, político, urbano. Allí están, sin necesariamente decirlo, las disputas estéticas, los procesos de producción, los mundos imaginables, los intereses personales y las miradas de dos generaciones para quienes la historia se escribe de modos diferentes.

En el registro propio de un tiempo de la vida, y con una estética compartida por cineastas que estudian en la FUC de Buenos Aires, Gaviria apela al mismo tiempo al registro encontrado en los videos caseros como al relato subjetivo para construir una película para retomar su historia íntima y personal. Develando allí el diario íntimo de su madre, el desinterés de su hermano o a su padre cambiando las piedras sanitarias del gato. Ese hombre que ha caminado la alfombra roja de Cannes y jugó también en algún viejo video con su hija pequeña o puede cantarle una canción al despedirla en su regreso a Argentina.

La película se compone de dos pasiones por registrar todo con una cámara: la de su padre 20 años atrás y la de su hija en el presente. Sobre el final Mercedes Gaviria recuerda libremente un párrafo de un libro que ha subrayado, y entonces dice con su propia voz: “las conversaciones en una familia fundan el mundo que compartimos, y le dan sentido a nuestro futuro. Quizás cuando rebusquemos en ese archivo íntimo y escuchemos nuevamente las conversaciones familiares, podamos componer una historia. O encontraremos solo un ruido”. Lo que encuentra Gaviria no lo sabremos, la cuestión es que podrá encontrar cada espectador. La respuesta es, al igual que Como el cielo después de llover, puramente subjetiva.

COMO EL CIELO DESPUÉS DE LLOVER
De Mercedes Gaviria (Colombia, 73 minutos)

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