Disponible en la página del Festival de Mar del Plata desde el 25 hasta el 27 de noviembre.

Este segundo largometraje de la surcoreana Yoon Dan-bi resulta ser un drama familiar que, por un lado, es único en tanto remite a esos seres particulares, pero también es el que tenemos todos. No hay aquí un drama como una implosión de la cual se derivan una serie de consecuencias concretas y que, en última instancia, constituirán la trama de Moving On. No, nada de eso. Incluso podría decirse que esta película tiene más puntos en común con las propuestas del japonés Yasujiro Ozu que a sus contemporáneos coreanos.

La dinámica que propone se parece bastante a vida de cualquiera. Todos hemos atravesado alguna que otra mudanza, duelos, abandonos y también nos han tocado pequeñas miserias que por momentos pueden sentirse dramáticas, como una pelea entre hermanos o el tedio de una tarde calurosa. De hecho, así como a tu vida parecen sobrarle algunos minutos, uno podría decir que a Moving On, por momentos, también. Y es en esa simetría entre vida y cine en donde la película surcoreana encuentra su potencia y universalidad.

La historia teje su sentido entre el cambio y la necesidad de transformación, entre la pérdida y –con suerte-, la ganancia. Esto queda claro en los primeros segundos del film: Okju, una joven adolescente observa por última vez lo que fue su casa familiar. Esta mudanza, que emprende junto con su padre Byeonggy y su pequeño hermano Donju, es una de los tantos hitos que los personajes tienen que atravesar. Aparentemente abandonados por la madre, y apremiados por algunos inconvenientes económicos, la familia decide ir a vivir a la casa del abuelo, una figura bastante desconocida para los niños, pero con la que prontamente se encariñan.

A este extraño cuarteto, se suma la tía que tiene sus propios inconvenientes, su propia pérdida pero que resulta una figura reconfortante en ese espacio familiar. Pero las alegrías siempre parecen ser pequeñas o transitorias, como el romance de Okju. Con el paso del tiempo, el abuelo comienza a tener mayores problemas de salud y esta situación los hace evaluar la posibilidad de trasladarlo a una residencia y eventualmente vender la propiedad.

Moving On niega, acertadamente, la mirada nostálgica. Si bien, hay varios momentos en los que los personajes cuentan con alegría anécdotas del pasado, las historias enunciadas no apelan al deseo de regresar a un tiempo que fue mejor. Lo mismo sucede con los sucesos más dramáticos. El plano de una fotografía de antaño, que parece durar una eternidad, deja en claro que el andar no es hacía atrás. Ese plano del retrato del casamiento del abuelo y su difunta esposa hace sentir esa densidad de la pérdida de tal manera que parece ser el equivalente a una señal de tránsito que expresa “no es por acá, es para allá”. Porque frente a la pérdida, pequeña o grande, lo único que resta es seguir para adelante.

Se trata en última instancia del devenir de la existencia como una balanza. A veces hay equilibrio y en otros instantes se pierde. Y esa balanza no es igual para todos. Donde uno ve pérdida de dignidad, otro siente la promesa del cambio. Por eso para Donju es más doloroso el maltrato de la hermana que la pérdida efectiva de la presencia de su madre. Una maravillosa película que fuerza a repensar esa mochila cotidiana con la que cargamos diariamente y que cada tanto se siente liviana y otras, es tan pesada que lo único que se impone es arrojarte al abismo.

MOVING ON
De Yoon Dan-bi (Corea del Sur, 2020. 105 minutos)

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