Disponible en la página del Festival de Mar del Plata desde el 25 hasta el 27 de noviembre.

En la primera década del 2000 comenzamos a presenciar un fenómeno que luego se tornó moneda corriente dentro del registro del formato documental. Se trataba de películas con un claro perfil subjetivo o personal. Algunos casos emblemáticos fueron Yo no sé qué me han hecho tus ojos (Sergio Wolf y Lorena Muñoz, 2003) o Por la vuelta (Cristian Pauls, 2002). Esta voz que se involucra en el proyecto de manera directa se complejizó cuando los casos tratados implicaban una experiencia en primera persona de directores que eran hijos de desaparecidos de la última dictadura militar. Tal fue el caso de Papá Iván (María Inés Roque, 2000) o Los rubios (Albertina Carri, 2003). Pero cuando creíamos que ya estábamos habituados al formato, Nicolás Prividera lanza en el 2007 su ópera prima M y, hay que decirlo, presenciarla se sintió bastante parecido a un cachetazo de esos que hacen sentir su huella en el tiempo. En su momento el proyecto pareció inmejorable, pero Adiós a la memoria (aquí la entrevista al director) desmiente esa apreciación.

En M asistíamos a una reflexión en donde lo personal -vinculado en este caso a la desaparición de Marta Sierra, madre del director-, se articula con lo colectivo y social. M resulta un ensayo contundente sobre las relaciones que se tejen entre lo privado y lo público, entre la memoria individual y la colectiva. Si en esta película, el armado del rompecabezas, que permite la construcción de una memoria personal y colectiva, utiliza como disparador la figura ausente de la madre, Adiós a la memoria se lanza a una reflexión sobre el olvido –entendido como el reverso necesario de lo que se recuerda y no su opuesto-, utilizando en este caso la figura del padre. Y una vez más, las películas familiares de la familia Prividera son la materia prima fundamental para articular este mosaico en contrapunto con las palabras del director, reflexiones, citas de pensadores y escritores, fotos de sus borradores y los de su padre. Fragmentos del pasado y fragmentos del registro de la propia narración que se está gestando. Por otro lado, el énfasis en el proceso de construcción a través de unidades que se confrontan, se alejan, se desencuentran es también el modus operandi de su segundo largometraje, Tierra de los padres (2011).

M es letra inicial de Marta, montonera, memoria. Se trata de aunar fragmentos que según la perspectiva van delineando o desdibujando estas figuras. Adiós a la memoria, sin embargo, opera sobre la figura presente del padre, atravesado por el olvido. Pero no hay que confundir las intenciones de la narración. Aquí no se trata de hacer un registro del deterioro cognitivo que apremia al padre debido a su edad y que lo lleva a no reconocer en una fotografía a Marta Sierra como su esposa. Aunque, claro, algo de este registro se hace necesario para imponer la idea de que su enfermedad emerge como una ironía del destino en tanto Héctor Prividera ha olvidado su olvido. Adiós a la memoria registra, a través de innumerables videos caseros familiares –desde la década del 60 a la del 80- la configuración de una persona que se fractura después de 1976, con la desaparición de Marta y se va replegando sobre sí en piloto automático. Una suerte de contracara de El conde de Montecristo, obstinado por el pasado y en donde, en sus años de encierro, le pide a Dios que le conserve su memoria para no enloquecer y llevar a cabo su venganza. Pero tal como señala la voz en off del director, presente durante toda la película, cuando Montecristo finalmente se dirige al reencuentro con su pasado, todo muere: las víctimas, su amor y finalmente su propio deseo de venganza. Algún que otro colega señaló, respecto de esta película, que Prividera decide hacer esta película al enterarse de que su padre tiene Alzheimer. Pero no, justamente el que padece esta enfermedad queda atrapado en el pasado, sin poder conectar con las últimas décadas de su vida, ni con el presente y el entorno cotidiano. Héctor Prividera, en cambio, solo padece deterioro cognitivo. Por ello, registra su entorno, reconoce algunos rostros familiares (como el de sus hijos) pero su pasado se ha evaporado y, con él, toda posibilidad de reconciliación.

A medida que Prividera intenta narrar la transformación del padre, también al igual que en M, intenta construir la propia memoria a través de esas imágenes del pasado. Cuando uno no puede recordar, apela a una imagen, fija o móvil, y lo único que encuentra en ella es el vacío de nuestra propia memoria. Así, Adiós a la memoria traza un cruce entre la manera en que edifica y procesa su historia personal con la historia de la fotografía y el cine. Porque ver una imagen siempre es enfrentarse con el “eso ha sido” que señalaba Roland Barthes en La cámara lúcida y que siempre remite a la muerte; cada fotografía es un pequeño deceso. Pero Prividera enfatiza algo que se desdibuja un poco en las afirmaciones barthesianas y es que las imágenes contienen esa sombra pero que solo se devela con el tiempo. Efectivamente, si nos sacamos una fotografía y la observamos luego, no vemos ahí nuestra propia muerte y, sin embargo, es un cadáver de lo que yo hemos sido. Esta sombra se hace manifiesta con el devenir. El mismo sentido, aunque redoblado, tienen las grabaciones caseras de los 80 en la que, padre e hijo, juegan a filmar la muerte o su puesta en escena. El pequeño Nicolás se lanza a un auto en marcha y es atropellado.

Entonces, decíamos, que se trata más de una película sobre el olvido como reverso del recuerdo, y sobre las maneras personales (la del padre en este caso), de obturar ese recuerdo. Frente a la represión de la dictadura, Héctor Prividera responde con la represión del recuerdo. Su hijo reflexiona y trata de entender si se trató de una imposibilidad de duelo o bien si ese duelo imposible deriva en una melancólica resistencia.

De alguna manera, uno se pregunta, junto con el director si el colectivo argentino no se encuentra en la misma disyuntiva. ¿Está atrapada en un duelo imposible respecto de la dictadura militar? Todo duelo es posible mientras uno sepa que parte de lo que se recuerda se sostiene sobre un fragmento olvidado y que la memoria es una reescritura. Pero lo que no podemos permitir es que una parte de la población opere como sí la reescritura de la historia y la memoria pudiera funcionar como una página en blanco. Las imágenes finales de la marcha del #sisepuede están más cerca del deterioro cognitivo que del Alzheimer, el olvido total que cree que del otro lado solo hay gente atrapada en un tiempo caduco. Adiós a la memoria cierra un ciclo personal, de Prividera como realizador. Restará ver de qué manera nosotros somos capaces de hacer del olvido algo inolvidable.

ADIÓS A LA MEMORIA
De Nicolás Prividera (Argentina, 2020. 95 minutos)

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