Estreno en CineAr Tv el jueves 11 de febrero a las 20 (repite el sábado 13 a la misma hora). Disponible en Cine.Ar a partir del 12 de febrero.

El estreno de Selva de Iñaki Echeberría, junto a Fantasma vuelve al pueblo, próximo a estrenarse el 18 de febrero- ambos en la plataforma de Cine.Ar-, refuerza un interés creciente de los últimos años que toma a la selva misionera como horizonte estético y escenario de una serie de historias que interpretan el espacio como un protagonista de primer orden.

El año pasado Laura Casabé lanzaba Los que vuelven, una rara avis que combinaba el género de terror con el realismo social proponiendo una versión cinematográfica inédita del muerto que retorna. En la película de Casabé el “zombie” no puede escindirse de su escenario, de su espacio y en este sentido tiene más puntos en común con un fantasma que con un hombre de carne y hueso que ha perdido su humanidad. Ahora bien, en principio una película sobre una clase social oprimida que retorna de la muerte para reclamar lo que entiende como suyo, parecería que no tiene muchos puntos en común con la película de Iñaki Echeberría, salvo el mero hecho de tener a la selva de Misiones como escenario. Pero, como se verá, la selva funciona en ambas películas como la herramienta que configura identidades.

El muerto de Los que vuelven está atravesado por la densidad de una jungla que aparece como el espacio del destino –refugio- pero también de origen de ese muerto, como una suerte de vuelta a la fuente de ese vivo no europeo que cambia de estatuto, de vivo a muerto, o cuya identidad como vivo es la de muerto-viviente. Es el salvaje que recobra su verdadera identidad y desde ahí, reclama a la civilización. Pero no es un zombie a la manera de la serie Walking Dead que va a llegar a la urbe movido por la sed y el impulso. De alguna manera, Selva -que alude al escenario, pero también al apodo del personaje de Joao-, comparte con Los que vuelven una mecánica similar. Por un lado, tenemos dos bandos confrontados: los pobladores de la selva, vistos por los foráneos como posibles rebeldes, y los que vienen de afuera de la selva, autodenominados “El ejército de la paz”. Por otro lado, la constitución de la identidad de los que resisten: atravesados por la simpleza de la selva, siempre parecen perder las primeras batallas, pero a la larga la selva reclamará un orden alterno. Esto es lo que sucede con el personaje de Selva/Joao.

Joao, un chico de 13 años, vive en una pequeña comunidad, una de tantas de la selva misionera. Su objetivo es convertirse en hombre, dominar el fuego. Su apacible vida se ve interrumpida por el accionar de un grupo de militares que arrasan con los habitantes de la comunidad y sus precarias viviendas. Impulsados por el afán de encontrar rebeldes, este “ejército de la paz” se mueve con un modus operandi: es preferible arrasar con la posibilidad de la rebelión que intentar buscarla. De esta manera, resulta irrelevante si la familia de Joao es o no rebelde, solo basta que sean otros, que no vivan en la civilización y que sean potencialmente rebeldes. Frente al gesto de defensa de Joao, el capitán le perdona la vida y lo recluta en sus filas. De esta manera, el personaje es rebautizado y pasa a llamarse Selva. Toda la historia tiene foco en esta doble identidad y en la relación particular entre él y su capitán, interpretados respectivamente por Joaquín Scholler y el cineasta Edgardo Castro de manera impecable.

Pero antes mencionamos la lucha contra los rebeldes. ¿A qué se rebelan los supuestos rebeldes? ¿Qué defiende este pequeño grupo de hombres armados? ¿Qué relación tiene esta historia con un contexto histórico y geográfico específico?

Lo cierto es que las causas y efectos que despliegan la historia, su situación histórica no responde a un evento específico de la realidad. La confrontación entre defensores de un orden y posibles rebeldes tiene, en el marco de la película, un carácter universal, válido para más de un escenario, más de una selva, para toda alteridad entre campo y ciudad, entre un sistema de autosuficiencia en decadencia y un sistema consolidado que funciona de manera parasitaria. Este grupo armado equivale a cualquier otro cuya función primordial sea la de preservar un orden -¿civilizatorio?-, aunque el costo sea perder todo rasgo de humanidad en el proceso. El capitán y sus hombres están convencidos de que su monstruosidad es funcional a la paz y por ello no pueden sostener ningún remordimiento.

Resta unas palabras respecto del impecable trabajo en la articulación entre la tensión de la historia, el uso del sonido y la dirección de fotografía. Tal vez el relato no sea particularmente genial, pero el proyecto cinematográfico en su totalidad se acerca bastante a este adjetivo. Es esta combinatoria de elementos y desempeños, que convierten a la selva misionera en un protagonista autónomo y, a los restantes de carne y hueso, en dependientes de éste. Por otro lado, la tensión entre la identidad contradictoria de Joao como prisionero y nuevo recluta se ve reforzado por el manejo de estos aspectos –sonido e imagen- que terminan convirtiendo a la selva también en un espacio contradictorio: es rebelde y opresivo, es abierto y, sin embargo, aparece claramente marcado por una sensación de claustrofobia. Selva es un claro ejemplo de una historia cuya belleza descansa en la potencia del cine, en la imagen, el sonido, la palabra como aspectos discernibles, pero no autónomos en la construcción de un sentido.

SELVA
Selva. Argentina, 2020.
Dirección: Iñaki Echeberría. Intérpretes: Joaquín Scholler, Edgardo Castro, Eduardo Velázquez, Sebastián “Cuno” Cardozo, Víctor Laplace. Guión: Luigi Serradori. Dirección de sonido: Hernán Ruiz Navarrete. Dirección de fotografía: Guillermo Rovira. De la Tierra Productora.

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