Este tema lo tenemos que discutir personalmente, hay que hacer un asado en lo de Cholakian”, sentenciaba mi querido amigo Edgardo “Pipo” Bechara cada vez que debatíamos algún tema o cuando traía alguna idea nueva, de esas que él solía proponer. Constantemente tenía iniciativas y nos empujaba a pensar más allá de lo que teníamos en nuestras agendas o cercanías.

Lo entrevisté, fui su amigo, colaboré varios años con Latinarab, militamos juntos en un proyecto de política cultural federal, diversa y de construcción colectiva. Pipo era un discutidor, un tipo que buscaba correr a su interlocutor de las certezas, incluso sabiendo que tensaba demasiado la cuerda de los razonamientos. Así obligaba, al quien quisiera seguirlo, a pensar y repensar lo que uno decía. Con nadie, salvo con mis hermanos, me he peleado tan desaforadamente como con Pipo; y como con ellos, a los pocos minutos estábamos a los abrazos y diciéndonos cuanto nos queremos.

Escribo esta nota convocando al periodista, porque el amigo que lo sigue llorando cree que es mejor que alguien cuente algo de su historia pública, para que el testimonio que nos dejó siga construyendo futuro, como él siempre lo pensó.

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La crónica dice que Edgardo Bechara falleció este 4 de marzo después de casi dos meses de internación a causa de la Covid-19. Fundador y presidente de la Asociación Civil Creciente Cine Fértil para la Diversidad Cultural, fue director ejecutivo del Festival Internacional de Cine Latino Árabe LATINARAB, que llevó adelante junto a su inseparable compañero Christian Mouroux. Un dúo dinámico que se complementaba a la perfección en el trabajo y en el universo de ideas que construyeron durante años.

Christian y Pipo, inseparables.

El Latinarab se ha instalado durante sus ocho ediciones presenciales como uno de los festivales más interesantes de Argentina. Además de su presencia anual en Buenos Aires, tuvo también presencia en Rosario y Tucumán, entre otras ciudades y también llegó a otros países de América Latina, desarrollando ciclos en Brasil y Colombia.

Con su propuesta no solo apuntan a dar cuenta de la cinematografía de los países árabes, sino que también promueven la integración Sur-Sur. Buscan construir un escenario en el que se puedan cuestionar las formas de dividir el mundo y a los sectores más sometidos, estigmatizados y empobrecidos, asumiendo una visión decolonial latinoamericana. El Latinarab apunta a reconstruir la historia de los vínculos entre nuestras poblaciones, los espacios de pensamiento común y las luchas que se entrelazan en distintos tiempos.

“La idea del festival es traer nuevos cines, nuevas miradas, nuevas lecturas que nos permitan descolonizar nuestros lenguajes y nuestras narrativas. Es importante que el cine nos ayude a empezar a construir un nuevo diccionario. Pretendemos generar palabras propias, categorías originales, que tengan que ver con nuestras identidades regionales. El Festival propone también un diálogo Sur-Sur inédito, sin ningún tipo de precedentes en materia de relación entre la región latinoamericana y los países árabes”, explicaba Pipo.

Nació en 1970 en la Patagonia Argentina y reivindicaba su condición de patagónico como parte de la diversidad que lo constituía. “Somos fruto de cuatro abuelos: el originario, el europeo, el africano y el árabe. Nosotros estamos muy orgullosos de ese cuarto abuelo, muchas veces negado. El festival viene a ocupar este espacio”. Desde esa identidad compleja solía criticar al colono patagónico de origen árabe que muchas veces fue aliado de los terratenientes y participó de expulsiones y matanzas de los habitantes mapuches de la región.

Siempre en su trabajo como gestor cultural se propuso transformar las formas hegemónicas de construcción de sentido. Promovió la diversidad, porque para él la cultura era un lugar político, y no solo un espacio de producción de espectáculos. Por eso tampoco pensó el cine como un espacio para las elites, sino para todos los públicos. “Lo popular dialoga con lo comercial, como complejo pero no banal. Parece que fueran dicotomías: si es comercial, entonces es básico y si no es comercial entonces es para una élite cinéfila. El Festival ha dado muchas muestras que no esto no es así”, explicaba.

Su ascendencia libanesa lo llevó a pensar la identidad árabe como algo mayor a las nacionalidades, y a encontrar puentes de dialogo con diferentes instituciones públicas de muchos países de la región. Por eso junto a Christian Mouroux pudieron tener acuerdos con festivales internacionales de cine de diferentes países, obtener fondos para impulsar coproducciones entre América Latina y el mundo árabe, y promover el intercambio de cineastas entre ambos mundos, solo aparentemente muy distantes. Los invitados al Latinarab de Buenos Aires dialogaban aquí de maneras en las que quizás no podían hacerlo en sus propios países.

Ese trabajo llevó a que en 2018 Cine Fértil recibiera el Premio UNESCO Sharjah a la Cultura Árabe, convirtiéndose así en la primera asociación dedicada al cine en conseguir una distinción de dicho organismo. Ese mismo año fueron considerados, en el marco del festival de Cannes, como uno de los cien actores más relevantes de la industria cinematográfica árabe para la revista Arab Cinema Magazine. Ese reconocimiento se repitió en el año 2019.

Premio UNESCO Sharjah a la Cultura Árabe.

El último proyecto vinculado al cine sobre el que me contó, y que ojalá se pueda llevarse a cabo, era realizar un encuentro de cineastas del Sur del mundo en Argelia en 2023, al cumplirse 50 años del 1° Encuentro de Cineastas del Tercer Mundo realizado en la ciudad de Argel. En ese entonces, en un mundo convulsionado por la crisis del petróleo, la lucha de liberación palestina y la derrota de Estados Unidos en la Guerra de Vietnam, cineastas del Tercer Mundo decidieron unirse con un objetivo en común: cambiar al mundo. Para Bechara había que convocar a esa parte de nuestra historia para transformar el presente.

Su posición en defensa de la causa palestina lo llevó no solo a acercarse a la historia de la ocupación israelí en los territorios, sino a convertirse en un difusor de la cultura del pueblo palestino tanto en su tierra como en la diáspora. Y así como en cualquier discusión podía citar a Perón para fundamentar sus posiciones, nunca faltaba un poema de Mahmud Darwish o una cita literaria a propósito de la invisibilización de la identidad de un pueblo rico en ideas y profundamente culto. Nunca creyó en las lecturas sencillas de la historia y los problemas, problemas. Por eso nunca simplificó la cuestión palestina y pensaba, por ejemplo, que el modelo de la construcción plurinacional en Bolivia podía ser un modelo para pensar una solución a los 70 años de conflicto en el territorio.

Se recibió de politólogo con especialización en Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y la política fue su forma de ser productor audiovisual, gestor cultural o cineasta. Fue también director ejecutivo del primer Observatorio y Laboratorio de Políticas Públicas de la Juventud de la Provincia de Buenos Aires y miembro activo de la Red Argentina de Festivales y Muestras Audiovisuales (RAFMA)

Junto con otro grupo grande de compañeros de todo el país formamos parte de la Plataforma Federal de Cultura, un espacio de construcción colectiva, federal y diversa desde la cual acompañamos proyectos y problematizamos las políticas públicas de cultura. Sus posturas se constituyeron como parte de una concepción donde la cultura debía comprenderse en la disputa por la vida material y simbólica, la territorialidad y las diversidades identitarias y no solo desde la perspectiva político-administrativa. Porque pensaba, con nuestro colectivo, que las inequidades raciales, de género, de clase, y las relacionadas con el centralismo territorial se sostienen desde lo cultural, y que es desde este campo que se las puede desarticular, que su militancia política se desarrollaba desde el terreno cultural.

Pipo y el equipo de Latinarab en el Festival de Mar del Plata.

Allí Pipo era también un polemista central y un hacedor imparable. Cuando alguien que tenía delegada una tarea no la completaba, él mismo se cargaba la responsabilidad de realizarla. Aunque lo hiciera a las apuradas, sin tiempo y atropellando. Su última batalla pública fue discutir la mal entendida noción de federalismo que implicaba la decisión del INCAA sobre el presupuesto dedicado a los festivales nacionales de cine. Lo hizo desde su lugar en RAFMA y con encuentros virtuales de debate a través de la Plataforma Federal de Cultura.

Contrajo el virus y padeció la Covid-19 desde el mes de enero. El 4 de marzo su cuerpo no pudo batallar más contra los embates de este virus anómalo, injusto y maldito. La comunidad del cine argentino despide a un hombre que luchó porque pensó el mundo, y entendió que no tenía más remedio que cambiarlo.

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En 2013 fui jurado del Latinarab y en ese noviembre me convertí en el asador oficial del festival. A partir de esa edición, el jurado siempre deliberó en mi casa mientras crepitaban las brasas. Desde entonces con Pipo, Cristian, nuestras familias y muchos amigos, compartimos decenas de jornadas alrededor de la parrilla. Durante 2020 cada una de nuestras charlas, como los muchos encuentros virtuales, finalizaron con la promesa de un asado para cuando pudiéramos juntarnos. Ese último asado que me quedará pendiente para siempre.

Desde ahora, cada vez que prenda el fuego voy a imaginar que el aroma del asado, que viajará como siempre con el humo hacia las alturas, le llegará también a él.

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7 Comentarios

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