¿Cómo sería una comunidad en la que solo vivieran niños, en la que alrededor de sus deseos, pequeñas disputas y alegrías se organizara la vida en común?

En la isla El Roblito, en el Estado de Nayarit, en el límite con Sinaloa, un Papá Noel llega cada año sobrevolando el territorio y lanzando dulces para los más pequeños. Con esa imagen, volando sobre sus cabezas, comienza la película. El espectador llega desde el aire, como personaje de una fantasía, e ingresa en un mundo marcado por la infancia. Con ese vuelo que nos introduce en el espacio de la historia, parece estar llegando al País del Nunca Jamás.

Allí, como una suerte de Peter Pan que lidera a las niñas y los niños de la isla, Noño, un aniñado adolescente, los guía en el baile y en los juegos. La niñez ocupa el espacio de lo público y lo organiza. Los adultos aparecen como sombras, como palabras dichas en off, como meros personajes secundarios. El documental transcurre en el mundo de la infancia, con esa mirada también devela el secreto del protagonista: quiere vestirse como mujer.

Todo sigue así hasta que la violencia irrumpe en esa isla, que parecía aislada del resto del mundo. Invisible y vertiginosa, la marca de la muerte de origen incierto, inidentificable, transforma la realidad.

La niñez vuelve al espacio de lo íntimo, de la casa, del espacio cerrado. Ese momento que modifica para siempre su mundo, es también el impulso de Noño para querer hacer público su deseo. Así decide contárselo a sus padres y pedir permiso para vestirse de mujer.

A través de su historia, la película relata cómo el mundo de la inocencia, ese mundo previo al temor y al encierro, se transforma definitivamente. El pasaje de un mundo feliz al mundo adulto. En ese cambio Noño decide asumir su identidad.

De la potencia simbólica y visual del comienzo y de la riqueza del mundo colectivo, la película se va licuando en un relato algo difuso, sin la fineza de la trama construida con lo individual en el marco de lo comunitario.

Sobre el final se concentra en el mundo familiar y de Noño, y así recupera la calidez de lo afectivo, aun cuando aquel diverso mundo comunitario parece quedar afuera de la historia. Entre la mirada particular sin lo general, la riqueza de la fantasía inicial se pierde, aunque lo hace en el relato sobre la bella inocencia del protagonista en una fuga hacia su deseo.

COSAS QUE NO HACEMOS
De Bruno Santamaría Razo (México, 2020. 71 minutos)

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