• Función 1: Lunes 22 de marzo | 20 h. | Quetren Quetren | Reservá tu entrada
  • Función 2: Viernes 26 de marzo | 14 h. | Sala Leopoldo Lugones – CTBA
  • Función online: Lunes 22 de marzo | 20 h. | Disponible por 72 hs. | Regístrate por única vez y accedé a las películas online para verlas a partir de su fecha de estreno. *Mirá el instructivo

Que los gatos están entre las criaturas más fotogénicas de la creación es una verdad indiscutible y no descubrimos la rueda al mencionarlo acá. Solo basta comprobarlo en la manera en que tratan de manipularnos emocionalmente con su imagen en las redes sociales, generalmente con éxito. El cuarto largometraje de Liliana Paolinelli, y el primero documental, nada tiene que ver con esta serie de chantajes emotivos pero no puede evitar caer, ni hacernos caer como espectadores, bajo la hipnótica seducción de los pequeños felinos. Y en cualquier caso, está claro que los gatos que pueblan el film no la tienen fácil, tanto por su situación actual como por la incertidumbre respecto a su futuro. 

En un terreno baldío del barrio de Colegiales habita toda una colonia de gatos, en un medio urbano pero en estado salvaje. El principio del film nos los presenta de un modo misterioso acorde a la reputación que precede a la especie. La oscuridad cerrada de la noche en el baldío se interrumpe aquí y allá con sus ojos brillantes que luego van dando paso a sus cuerpos sigilosos, como una versión invertida del Gato de Cheshire. Una luz se enciende al lado de la cámara, su proverbial curiosidad los acerca y al rato tenemos sus primeros planos enfrentándonos directamente y cara a cara. Una presentación en toda regla. Imposible sustraerse a su embrujo por lo que resta de película.

Son una veintena de gatos los que habitan el baldío y su estadía está puesta en riesgo porque el terreno será pronto edificado. Pero afortunadamente no están solos ya que un grupo de vecinas los visitan diariamente, los alimentan, les hablan, los nombran e intervienen cuando es necesario, como en el rescate de un cachorro encerrado en un agujero o en la misión más compleja de atrapar uno más grande para llevarlo a castrar, lo cual implica la previsible resistencia del animal. Tampoco lo tienen fácil las vecinas porque los gatos son salvajes y lógicamente desconfiados y, si bien aceptan la ayuda, preservan la distancia y su independencia. De esta última también da cuenta Paolinelli cuando instala su cámara en la noche, casi a ras del piso, frente a la entrada del baldío,y asistimos allí a las constantes salidas y regresos de sus aventuras nocturnas. 

Son dos los grupos protagónicos, los gatos y las vecinas, y lo importante es lo que pasa en el medio. Las mujeres los atraen, les hablan, los cuidan y sufren no poder hacer más. Los gatos reaccionan a las voces, a sus nombres y, de algún modo, reconocen a sus benefactoras, creándose allí un vínculo entre ambos fluido y auténtico. Filmado durante la pandemia, el film se sirve de una notable economía de recursos: Tres locaciones contiguas (el baldío, la vereda y una casa lindante), sin entrevistas, sin texto en off, los únicos diálogos son los que se dan entre las mujeres o con los gatos y se trata apenas de un recorte en el tiempo. El baldío participa del espíritu de documentales como Vida en Falcon, que encuentran historias a la vuelta de la esquina y prueban que basta una de esas historias pequeñas y cercanas para movilizarnos y cautivarnos. Y sí, los gatos lo hicieron de nuevo.   

EL BALDÍO
De Liliana Paolinelli (Argentina, 2021, 61 minutos)

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