• Función 1: Miércoles 24 de marzo | 18 h. | Espacio INCAA Cine Gaumont
  • Función 2: Viernes 26 de marzo | 19 h. | Parque de la Memoria
  • Función online: Miércoles 24 de marzo | 18 h. | Disponible por 72 hs.

La nueva película de Jonathan Perel se basa en la exhaustiva investigación compilada en dos tomos bajo el nombre “Responsabilidad empresarial en delitos de lesa humanidad. Represión de los trabajadores durante el terrorismo de Estado”. Tanto la investigación como la película enuncian, cada una en su formato, la necesidad de sustituir el concepto de complicidad por el de responsabilidad en lo que atañe a la participación activa que estas empresas tuvieron en el marco de la desaparición de trabajadores.

Lo primero que habría que subrayar es que Responsabilidad empresarial no es un documental que documenta, sino que es un documental que trabaja con el documento. En cierto punto, resulta una síntesis de aquella investigación publicada por el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, que es abierta a cualquier ciudadano que desee consultarla y que, además, es de libre difusión y reproducción. Cuando decimos “no documenta”, referimos al hecho de que Perel no ha ido con su cámara a la búsqueda de testimonios o pruebas de primera mano que sostengan la idea de que empresas como Ledesma, Astilleros Mestrino, Astarsa, Acindar, La veloz del Norte, etc. participaron en la logística en conjunto con las Fuerzas Armadas para efectivizar la desaparición de obreros. El director no es aquí un investigador sino un lector atento de esa investigación que tuvo lugar unos años antes de 2015 de la mano de investigadores del CONICET y de otras entidades como CELS y FLACSO. Esta película podría resultar, en este sentido, más bien un ensayo de lectura en una mínima articulación con una selección de imágenes. Pero no es tan llana la propuesta.

El recurso de la película resulta de un estilo minimalista y recurrente. A la presentación de logo de la empresa, sigue un plano general -la mayor parte de las veces registrado al alba- de la fachada de la empresa o del predio abandonado que alguna vez fuera el escenario fabril, mientras asistimos a la voz del realizador que lee fragmentos del libro. Aunque la figura de quien enuncia siempre está en fuera de campo, su cuerpo queda inscripto en el recorte del interior del auto que resulta presente en todos los planos. Una manera de reforzar la idea de una mirada que persiste gracias a la memoria. Mientras haya un registro del pasado, puede existir una mirada que supere el olvido. El recurso del plano con el reencuadre del borde del auto es también el proceso que tuvo que atravesar Perel y el que se le propone ahora al espectador: leo (o escucho), me informo, luego puedo verte y sé que no sos cómplice sino responsable. La diferencia parece de grado, sin embargo, es de estatuto. Frente a las frases de gran circulación como “las grandes empresas económicas fueron cómplices del terrorismo de Estado”, se impone la idea de que el papel activo no solo las posiciona como responsables actuando mano a mano con las fuerzas armadas sino que además las ubica como grandes negociadoras que supieron enriquecerse con este sistema gozando de beneficios producto de ese intercambio de favores. Y, como corolario, traspasaron sus deudas millonarias al Estado.

¿Quién podría dudar que miembros de una comisión directiva o delegados sindicales que intentan hacer valer los derechos de los trabajadores atenta directamente con el enriquecimiento de una empresa? ¿Cuán lejos puede llegarse para alcanzar ese objetivo de maximizar ese enriquecimiento? Brindar a las fuerzas recursos logísticos y materiales, confeccionar listas de miembros del sindicato, poner a disposición legajos y fotografías, ofrecer sus instalaciones como centros de tortura y centros clandestinos, permitir secuestros en las fábricas, propiciar el uso de la seguridad privada de la empresa para acompañar en las detenciones, destinar vehículos para realizar las racias y traslados, etc. ¿Puede llamarse complicidad a estas acciones? Evidentemente, no. Cómplice, en este contexto, puede ser el que miró para el costado, el que se hizo el desentendido, el que tenía miedo y se quedó paralizado. En fin, podemos pensar en variantes y tampoco este es el espacio para armar un jurado y sentenciar acá esos gestos. Perel, vía la investigación, nos está hablando de otros gestos, acciones de las que ya nadie se acuerda, escenas impunes que parecen haberse invisibilizado.

En el documental hay una necesidad de ser lo más fiel posible al texto original y esto se logra evidentemente. El orden de las empresas es el mismo y todas ellas son mencionadas. No está el texto completo; de otro modo duraría veinte horas, pero sí es una síntesis lograda con el recorte de ciertos fragmentos. Pensado en estos términos la película parece no ser más que una duplicación con el añadido de un tapiz de fondo. Aquí habría que volver sobre lo dicho respecto de la posición de la cámara dentro del auto y de la confluencia entre la cámara que registra, la mirada de Perel y la del espectador que construye un plano general inmóvil pero persistente sobre esa fachada que fue testigo del terror. El tiempo del plano va cobrando densidad y la memoria intenta abandonar ese letargo. Esta es la idea de Responsabilidad empresarial. Tal vez sea una única idea, pequeña e insistente, pero que se torna poderosa en su gesto obstinado.

RESPONSABILIDAD EMPRESARIAL
De Jonathan Perel (Argentina, 2020. 68 minutos)

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