Un cuarto de siglo es un tiempo razonable para regresar a la película de Olivier Assayas que ahora está disponible en la plataforma MUBI. Luego de su paso por el Festival de Mar del Plata, el 31 de julio de 2003 llegaba tardíamente a las carteleras de la Argentina y para esa época escribía esta reseña, con un entusiasmo que aún hoy permanece intacto.

Al dispositivo cinematográfico de René Vidal le resulta absolutamente imprescindible contar con Maggie Cheung (haciendo de ella misma) para llevar a cabo una remake del famoso serial mudo Les Vampires de Louis Feuillade). Vidal entiende que el papel que había realizado en 1915 la actriz francesa Musidora inevitablemente debe ser cubierto por una estrella asiática, famosa, que exprese las coordenadas del presente, Maggie Cheung.

Olivier Assayas construye la ficción de una película en proceso, recurre al cine dentro del cine para sentar su discurso acerca del estado de las cosas y en el camino va dejando pistas, señales, mapas de la mirada. Si un director rabiosamente contemporáneo como Nobuhiro Suwa presentaba en 2001 H/Story como la imposibilidad de hacer en Oriente -y con la estrella francesa Béatrice Dalle– una remake de Hiroshima, moun amour, Assayas hace lo propio con su director de ficción trasplantando empecinadamente a una intérprete asiática para que trabaje en Occidente; si aquella fascinante experiencia de Gus Van Sant recreando a Psicosis -en donde cada plano es la réplica exacta y obsesiva de la original Psicosis de Alfred Hitchcock-, la Irma Vep de René Vidal y la Irma Vep real de Assayas repiten compulsivamente la empresa imposible, persisten en una maravillosa inviabilidad.

Assayas, Cheung y Léaud.

Pero los cruces continúan. El director conflictuado y en decadencia René Vidal -con futuro de colapso nervioso- no es otro que Jean-Pierre Léaud, un icono de la Nouvelle Vague; el agresivo periodista que en un momento de la filmación entrevista a Cheung representa a buena parte de una crítica globalizada -más preocupada de las cifras que en desentrañar la especificidad del cine-; el equipo involucrado en la película que cumple su función profesionalmente, aunque el único apasionado es Vidal. La desencantada y a la vez obstinada actitud de Assayas -ocupar su relato en dar cuenta de un fracaso- involucra vitriólicamente a su arte y a la industria, a los múltiples factores que intervienen en una obra y a los imposibles que finalmente se realizan.

Finalmente Irma Vep (anagrama de “vampiresa”) se construye en torno de la identidad en crisis -del cine, de los medios, de la industria, de los actores y específicamente de Maggie Cheung, cuerpo enfundado en látex, exquisita materia cinéfila.

Entonces, en el juego de las identidades difusas, las actriz hongkonesa necesariamente deberá ser vampirizada por la película: identidades robadas (Maggie Cheung actriz tomando por encargo la identidad de la actriz Isadora), identidades adoptadas (Maggie Cheung tomada por el rol para robar joyas de una mujer del hotel donde se hospeda), identidades posibles (Maggie Cheung en plan de estrella yéndose a encontrar con Ridley Scott, un director de la industria). Los diferentes caminos de la identidad en tensión y Cheung, objeto y sujeto, el personaje y la persona, la summa cinematográfica de la modernidad retro y multicultural.

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