Estreno en salas.

Ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia y con seis nominaciones a los premios Oscar, llega a la pantalla Nomadland, una película austera que narra una historia sobre la pérdida, sobre la experiencia de “salir al camino”, sobre la dislocación entre hogar y casa, entre territorio y destino. En definitiva, una película sobre temas complejos pero que aquí se presentan bajo el velo de lo simple.

Fern, interpretada de manera genial por una desmaquillada Frances McDormand, es una viuda que ha perdido todo. La pérdida no es estrictamente afectiva ni económica, aunque implica ambos aspectos. La historia comienza con dos leyendas que dan la impresión de dar paso a un documental. A comienzos de 2011, debido a la merma en la demanda de sus productos, US Gypsum cierra su planta ubicada en Empire, Nevada. Luego, la leyenda agrega que, a parir de junio de ese mismo año, el código postal de Empire fue discontinuado. Es decir, Empire, que debe su génesis a la producción fabril, se transforma en un pueblo fantasma luego del cierre de la fábrica.

A medida que avanza la historia, sabemos que Fern primero atraviesa la pérdida de su compañero de vida, decide quedarse en Empire como una manera de mantener viva esa memoria y también sabemos que finalmente, luego de la desaparición de la población, se lanza a la carretera con una vieja camioneta que ha ido tuneando para hacerla habitable. Pero todo esto es parte de la prehistoria. En principio parecería tratarse de la experiencia de la vida nómada, que no siempre deriva de las mismas circunstancias.

En su periplo Fern se vincula con diferentes protagonistas, muchos de ellos son personajes que hacen de sí mismos, que tienen vivencias similares. Algunos de ellos son personas que optan por este estilo de vida, otros son los desechos de un sistema que ya no puede reabsorberlos. Pero más allá de toda diferencia, no hay resentimientos en sus modos de existencia. Uno de ellos proclama que no hay en sus gestos reclamos a ninguna política económica que pudo haber propiciado la salida a la carretera; “no rechazamos el vil metal” señala. Se trata de Bob Wells, un sujeto que organiza encuentros en medio del desierto del oeste estadounidense, y en donde el principal objetivo es la solidaridad y la ayuda. Desde cierta perspectiva, se parece mucho a un congreso de despojados que practican el trueque y se pasan datos sobre la mejor manera de procesar sus desechos, es decir, su caca. Lo que en cierto punto parecería ser una oda a un estilo de vida libre, rápidamente se desmiente en escenas posteriores. Vivir en una camioneta es una vida llena de obstáculos, pero no son tanto mayores que otros, son diferentes y esa diferencia, confrontada con las prácticas ciudadanas habituales, se tornan incómodas para el espectador a medida que la narración avanza.

¿Puede existir una tierra que sea en sí nómada? ¿Puede constituirse un hogar sin un territorio? Nomadland hace preguntas que confrontan términos, pero también arroja luz sobre prácticas naturalizadas: concebimos a nuestro techo como un hogar, nuestra familia como el núcleo cercano, concebimos nuestro espacio laboral como un lugar con sentido de pertenencia. ¿Acaso vendemos menos nuestra fuerza de trabajo en el mercado que un trabajador golondrina que no siente ningún apego por la práctica que realiza? Fern se desempeña en trabajos como cocinar comida rápida, empaquetar productos para Amazon, limpiar baños, colaborar en un camping, separar papas de una cosecha. Cualquiera de estas prácticas las realiza metódicamente, prolijamente, y temporariamente, y siempre animada únicamente por el instinto de supervivencia. No sufre ninguna confusión respecto de lo que el mercado laboral ofrece y demanda, y lo que estamos dando a cambio de ello. La película parece solo austera y simple y, sin embargo, revuelve esos temas que fastidian y de los que pocas veces estamos dispuestos a hablar: qué sentido tiene lo que hacemos y, particularmente, ¿somos conscientes de que cada día estamos un poco más cerca del fin?

Podría hipotetizarse una idea respecto de esta película. Nomadland es una historia fuertemente melancólica que mira permanentemente hacia adelante, hacia el devenir y la muerte indefectible. La melancolía no tiene que ver solamente con la mirada al pasado sin, más bien, con una mirada hacia adelante a sabiendas de la mochila que arrastramos. Estos personajes tienen mochilas densas, el peso del pasado no va a evaporarse. No hay aquí una redención en ellos por vivir el día a día, por querer llegar a Alaska. No. La muerte está siempre con y en ellos. Es melancólica, porque desde ese lugar se ve el futuro, pero no es un futuro esperanzador, sino que se observa la propia decadencia, a la cual se la abraza. Porque, como diría Bob Wells “no negamos el vil metal”, estamos jugando la carta que nos tocó, somos ese caballo que se lanzó a la guerra a sabiendas que iba a morir. Justamente, si la película fuera nostálgica, una pura mirada contemplativa y complaciente de un pasado que fue mejor, estaríamos viendo Tomates verdes fritos, aquella hermosa historia narrada con varios flashbacks que nos llevaban a un tiempo en que una comunidad creo un hogar en ese territorio determinado. El pueblo fantasma de Tomates verdes fritos también perece inevitablemente pero el foco está en los gloriosos años vividos. Y hacia el final había cierta esperanza porque la octogenaria, devenida homeless, se va a ir a vivir con una desconocida. Nomadland no tiene tiempo para mirar atrás. Empire ha sido arrasado, nada queda ahí y la muerte, si bien no está tocando la puerta, está en la esquina.

NOMADLAND
Nomadland. Estados Unidos, 2020.
Guion, edición y dirección: Chloé Zhao. Intérpretes: Frances McDormand, David Strathairn, Linda May, Swankie, Bob Wells y Derek Endres, Melissa Smith. Fotografía: Joshua James Richards. Música: Ludovico Einaudi. Producción: Chloé Zhao, Frances McDormand, Peter Spears, Dan Janvey y Mollye Asher. Distribuidora: Disney. Duración: 107 minutos.

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