El cine de Ada Frontini destella de emotividad. El reino de la afección atraviesa sus películas puesto al servicio de los planos siempre justos, siempre luminosos. En su primer largometraje Escuela de sordos el lenguaje y los gestos, la comunicación no verbal, los silencios eran los ejes narrativos y estéticos. En este caso, con su segundo largo En compañía sucede algo similar. El lenguaje de los gestos y la comunicación no verbal se traslada al universo de los perros trastocando el sentido común de lo que llamamos “mascota”.

Frontini filma fragmentos de dueños con sus perros, generalmente deja su cámara fija, solo le importa la relación entre ellos, su cotidianeidad, la manera particular en que cada perro se comunica con su dueño. Esa especie de lenguaje extraño que siempre es singular en cada relación y pocas veces universal. Una lengua hecha de signos kinésicos, donde los gestos y las miradas son centrales y no el vulgar lenguaje verbal con el que intentamos comunicarnos- a veces muy mal- los humanos.

En compañía no distingue razas – aparecen muchas, incluso perros callejero- ni clases sociales; la relación con los perros es siempre democrática, justa, un ida y vuelta amoroso y conmovedor. Solo la secuencia de los galgos muestra, no sin cierto dolor, aquello que los humanos hacemos con los animales. Pero sobre el final, la directora sale de atrás de la cámara y la enfrenta junto con Carli, su hermoso perro de “compañía” donde no sólo el entendimiento es mutuo sino que también es mutuo el respeto y el cariño.

Evidentemente, Frontini comprendió la manera en que se filman los animales, su esencia, su modo afectivo de estar en el mundo, el modo en el que ellos se comunican con nosotros (mucho más efectivo y afectivo que el nuestro). La luminosidad de sus secuencias y la simpleza de sus imágenes ponen de manifiesto que no es demasiado necesario complejizar el territorio del cine para dar cuenta de aquello que es básico, el valor intrínseco de las imágenes sencillas.

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