El Festival Internacional de Cine Independiente de Casquín abrió su décima edición con Esquirlas y La última aventura, dos grandes películas cordobesas que reafirman la vigencia de la memoria histórica, el trabajo sobre el territorio propio y confirman que siempre las decisiones sobre las operaciones estéticas son una toma de posición política.

Esquirlas, de Natalia Garayalde. Argentina, 2020.
El comienzo de Esquirlas marca de manera contundente el desarrollo del relato, la voz del padre le enseña a la hija a operar una cámara de filmación casera. Esos pocos segundos, esta escena inicial, marca aquello que regirá durante toda la película. El padre como figura central, con su voz y su cuerpo, con sus insistencias y sus vulnerabilidades. Ese padre entrega a la hija una especie de mandato; filmar constantemente, cuestión que la hija Natalia cumple de manera lúdica, mientras juega y se ríe con sus hermanos, tal vez esa mirada inocente sea uno de los grandes hallazgos de la película. Mirada inocente que registrará la intensidad del vínculo familiar, las aventuras de los hermanos al aire libre, el sol entrando a la casa familiar pero además registrará la tragedia no solo social sino personal. Incluso esas secuencias donde los hermanos se filman cabeza para abajo, una escena inocente plagada de risas que luego adquirirá otra significación. Todo aquella vida familiar, casi perfecta en un segundo, por la explosión de una fábrica militar en Rio Tercero (ciudad en la que viven) literalmente se da vuelta, se destroza, se rompe y lo que hace Garayalde, aquella niña que filmaba con inocencia es reconstruir y montar desde su mirada de adulta las esquirlas, los fragmentos, los retazos de una tragedia que fue y sigue siendo social y política pero también una tragedia personal y familiar.

Las explosiones de una fábrica militar de armas en 1995 en Rio Tercero convertirá a esa ciudad, a ese espacio serrano tranquilo y ordenado en un espacio bélico, donde casas, familias, calles se vuelven espacios inhabitables, rotos, quebrados. Las consecuencias aún se perciben en la actualidad y no sólo en el espíritu de justicia de sus habitantes sino en sus cuerpos, que van enfermando por los químicos que la fábrica destila.

Los cuerpos estallados tal como estallaron esas bombas sucesivas; las casas estalladas, las familias estalladas. Esa mirada inocente de la niña registra el momento en el que los pobladores huyen del desastre, trayéndonos a la memoria esas imágenes emblemáticas de hombres, mujeres y niños corriendo por una calle mientras dejaban atrás – o no tanto- una Hiroshima devastada.

La memoria trabaja en este caso, como en muchos otros en el cine argentino actual, como una operación de montaje donde la afectividad y la sensibilidad aparecen en primer plano pero también aparece la mirada política sobre un fragmento de la historia argentina donde la pizza y el champán era el frágil slogan colectivo.

Esquirlas es una película de capas, como un mil hojas dulce que atrae pero que al rato empalaga, capas que se montan inteligentemente una sobre otra y no solo establecen vínculos entre ellas sino que estallan (término poco feliz) en variadas significaciones. Un relato que comienza dulzón, familiar, nítido, soleado pero que al final deja, como la misma historia argentina, una desazón indescriptible.

Mi última aventura, de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini. Argentina, 2021.
Salinas
y Sonzini confirman aquello que muchos sostenemos, la duración de una película nada tiene que ver con su calidad no solo estética sino narrativa. Nada falta y nada sobra en esta gran película que se despliega entre las sombras, entre los contraluces, entre los azules de la iluminación artificial de una Córdoba nocturna y vacía, entre los brillos del reflejo de un cigarrillo encendido.

Dos jóvenes planean un robo en silencio. No dialogan entre ellos, solo escuchamos, como un monólogo interior, el susurro de la cabeza de uno de ellos. Gran apuesta en el trabajo con el sonido de la película donde las canciones suman sentidos posibles y el ruido ambiente fluctúa entre el ladrido de perros, grillos y el acallado sonido de las noches en las ciudades.

Estos jóvenes antes, durante y después del asalto harán un recorrido en moto por la nocturnidad. Ese recorrido también es un recorrido moral, donde la ética decidirá a la velocidad de la luz, mientras los puentes, las calles, los edificios van quedando atrás. El recorrido espacial de los protagonistas también es el recorrido de la conciencia, con su debate mínimo pero efectivo.

Película que es pura imagen que despliega sus potencias, donde los directores relevan el valor narrativo y estético del cine mientras trastocan las leyes de los géneros.

Cuerpos, espacios y planos que aparecen en tensión con lo socialmente establecido dibujando una coreografía que se ancla en la realidad no solo política sino estética.

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