Las imágenes de Gustavo Fontán y las palabras de Gloria Peirano son inconfundibles. Nada se les parece, filman experiencias, narran lo indecible. Los une la poeticidad, la estética de las imágenes y de las palabras, esos discursos que provocan más interrogaciones que certezas, esas secuencias que tensan la razón y le dan paso abierto a la afectividad.

En este caso una casa vacía, recién refaccionada es el espacio cinematográfico elegido y el personaje central. Una casa hermosa, blanca, radiante, con amplias ventanas que dejan ver el afuera; ese afuera donde la naturaleza está presente en su más puro esplendor. Una casa hecha de líneas oblicuas, un espacio arquitectónico donde el techo se dibuja en triángulos vidriosos. Sin embargo un elemento atraviesa la casa, casi que le dá sentido y a la vez le otorga la respiración necesaria: el viento. El viento que es invisible, pero que se afirma en toda su existencia táctil y sonora. Se siente, se escucha pero no se ve, tal vez sea el modo que tiene la naturaleza de aparecer en los interiores, un viento que la recorre no sólo en su aireada expresión sino en su sonido, la voz del viento es en la película un personaje central. “Nadie sabe que es el viento” deja caer sobre el comienzo la voz en off y la pregunta implícita es ¿Se puede filmar el viento? ¿Se puede filmar aquello que no vemos pero sentimos? ¿Se pueden filmar las experiencias íntimas, aquellas que no vivimos pero escuchamos en los cuerpos y en las voces de esas personas que entran a esa casa vacía?

La cámara de Fontán y las bellas palabras de Peirano reciben a los variados invitados que opinarán sobre la casa. Esos invitados parecieran no ser ni futuros compradores ni probables inquilinos, destilan cierta cercanía con la pareja que los recibe. Cada uno de ellos intentará “llenar” ese vacío de la casa con sus propias experiencias, cada uno intentará un relato personal e íntimo proyectado sobre ese espacio. Sin duda, las casas vacías evocan, ponen a funcionar el mecanismo lento e inexacto de la memoria, ellos completan la casa, la llenan de ideas, expectativas y recuerdos. Las infancias, los olores, los amores, la familia, los refugios íntimos, los fantasmas, el pasado forman una narrativa que destila emotividad. Pero también aparecen en estas narrativas recuerdos históricos (alejados o no de la esfera íntima) la última dictadura cívico militar, la toma de las escuelas, las madres de Plaza de Mayo, los beneficios del peronismo. La esfera de lo íntimo, de lo doméstico aquella que reside en el interior de las casas aparece siempre, inefablemente cruzada por los sucesos de la historia política y social y la película no lo evade, no lo esquiva.

Más allá o más acá de la potencia estética de las imágenes y la voz siempre poética de la anfitriona, los interrogantes surgen de manera desbocada: ¿Tienen pasado los espacios? ¿Qué es “habitar” un espacio? ¿Cómo se llena un vacío? ¿Qué es una casa, más allá de su concepto arquitectónico? ¿Qué topología de los sentimientos expandimos sobre los espacios? Fontán y Peirano tensionan las ideas que ponen en escena, apelando a un cine que se despliegue sobre sí mismo y a la vez que se expanda hacia afuera, sobre la mirada del espectador generándole interrogantes, invitándolo a pensar y a sentir; cuestión tal alejada del cine contemporáneo repleto de certezas inexactas.

Tal vez, una de las significaciones probables de El piso del viento sea asemejar esa casa vacía y radiante con la hoja en blanco antes de escribir, con el lienzo estirado antes de pintar, con el montón apretujado de arcilla antes de modelar. El arte se completa con la vida, con los pasados, con los vientos íntimos, con los sucesos históricos, con los recovecos de la memoria pero también se nutre con las experiencias de los otros, sus refugios privados, sus canciones más bellas, sus frágiles subtividades.

“Habitar” no es sólo llenar un espacio vacío, habitar es diseñar el deseo, darle forma, dibujar el modo en el que permaneceremos en el mundo que siempre es íntimo pero también está atravesado, como los soplos del viento, como las ráfagas del deseo, por las experiencias de los otros.

Con El piso del viento se cierra la décima edición del Festival Internacional de Cine de Cosquín, se puede ver hoy domingo a las 20 de manera gratuita, desde el sitio del festival www.ficic.com.ar

Compartir