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El escenario planteado en Atlantis es propio de la ciencia ficción. Un futuro cercano como el año 2025 (la película fue estrenada en festivales en 2019) y el fin de una guerra entre Rusia y Ucrania que todavía no ocurrió del todo pero que hoy está ahí como amenaza cierta y latente. Sin embargo, la puesta en escena del film del ucraniano Valentyn Vasyanovich no remite necesariamente al género. El protagonista es Sergey, un soldado veterano de la guerra recién terminada contra Rusia. Este conflicto dejó al país devastado social, económica y ambientalmente, y también dejó secuelas psicológicas indelebles en su población, entre ellos a Sergey y a su amigo y compañero Iván, quienes sufren del trastorno de estrés postraumático y se ganan el pan de posguerra en una fundición hasta que esta cierra sus puertas dejando a sus empleados a su suerte.

La escena donde se produce el anuncio del cierre de la fundición es la que más se acerca a la iconografía propia de la ciencia ficción. En una puesta que recuerda a la versión de 1984 de Michael Radford (estrenada precisamente en 1984), desde una pantalla gigante el dueño o vocero de la empresa multinacional (ese otro Gran Hermano bien contemporáneo) que explota la fábrica, le anuncia en inglés con traducción simultánea al ucraniano a los empleados reunidos la cesantía general, destacando cínicamente el momento como una apertura de posibilidades. Acto seguido cierra el evento con imágenes en la pantalla de Entusiasmo, el clásico documental vanguardista que Dziga Vertov produjo tanto para experimentar con la imagen y el sonido como para hacer un canto a la industrialización del estado soviético, lo cual en este contexto tiñe todo de una oscura ironía.

Sin trabajo fijo, y luego que su compañero Iván haya sucumbido a los demonios que lo atormentaban, Sergey consigue un empleo para recorrer con un camión las carreteras devastadas de un país también arrasado. En uno de estos viajes conoce a Katya, quien trabaja en una organización que exhuma y trata de identificar a lo ancho del territorio los cadáveres que dejó el conflicto en ambos bandos. Sergey se une a este grupo como conductor para trasladar los cuerpos encontrados como una forma de arreglar cuentas con su pasado reciente y encontrarle algún sentido a su presente.

Si el escenario es distópico, las formas de representación no son las más identificables con el género de la ciencia ficción salvo en la escena que ya mencionamos, sino más las que reconocemos en cierto cine de autor y festivalero en boga en los últimos años. Escenas planteadas como planos secuencia mayoritariamente fijos, con encuadres muy estudiados. Si la cámara se mueve lo hace solo en las escenas que lo justifican y, en este caso, a pesar de la sensación de urgencia que puedan transmitir esos movimientos, se despliegan con total precisión. Esto no constituye sin embargo un ejercicio de virtuosismo superficial, sino que se muestra como un recurso funcional al relato donde cada una de estas escenas/planos, formando parte de una narrativa general, también poseen cierta autonomía y se pueden pensar como una colección de viñetas de posguerra.

El film de Vasyanovich, quien reunió en sí las labores de dirección, guión, fotografía y montaje, posee una atmósfera lúgubre y pesimista y una estética sombría y despojada. Una tierra devastada y yerma, cielos grises, fríos interiores de cemento, rutas reventadas, barro, lluvia y la presencia constante de la muerte. Hay una sensación terminal que se airea en algunas pocas escenas, como una en la que Serguey se improvisa con ingenio un baño caliente en medio de nada, o en la intimidad que empieza a surgir entre este y Katya, suerte de refugio que constituye un respiro para protagonista y también para el espectador.

El comienzo no podría ser más oscuro. Una toma cenital con un filtro que emula una cámara infrarroja muestra un grupo de soldados cavando un pozo. Al lado yace un soldado enemigo a quien castigan con patadas y palazos y al que terminan enterrando presumiblemente aún vivo (quizás uno de los cuerpos que Sergey transportará después). Ese recurso visual del infrarrojo vuelve a parecer casi en el cierre del film en una circunstancia por completo diferente que sugiere exactamente lo contrario de ese comienzo brutal: que aun en medio de esa desolación queda algún lugar para la esperanza.

ATLANTIS
Atlantis. Ucrania. 2019.
Dirección: Valentyn Vasyanovych. Elenco: Andriy Rymaruk, Liudmyla Bileka, Vasyl Antoniak, Lily Hyde. Guión, Fotografía y Montaje: Valentyn Vasyanovych. Diseño de Producción: Karoline Sheremeta. Producción: Iya Myslytska, Valentyn Vasyanovych, Vladimir Yatsenko. Duración: 104 minutos.

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1 Comentario

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