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Un día como hoy, pero en 1992, fallecía el gran Astor Piazzolla, y si bien su recuerdo siempre estuvo vivo en su enorme repertorio, en 2018 se estrenó Piazzolla, los años del tiburón, un retrato íntimo sobre el revolucionario bandoneonista.

Durante mucho tiempo, y muy a su pesar, en nuestro país a Astor lo acusaban de asesinar al tango y acompañaban su rechazo pintándolo como un artista ofuscado y de carácter difícil. Según su segunda esposa, Laura, él mismo decía, “Se puede cambiar todo en la vida, menos la madre y el tango en la Argentina”.

Piazzolla, los años del tiburón aparece a llenar la necesidad de un retrato más cercano y acompañar el infrenable reconocimiento de la obra de Astor de los últimos años.

El director Daniel Rosenfeld, con ayuda de Daniel (hijo de Astor), el archivo familiar y unos casetes de largas charlas con su hija Diana grabadas para lo que luego se convertiría el libro Astor, construye un film que tiene como eje al artista y su familia. Algo así como Piazzolla por Piazzolla.

Porque el verdadero Astor y todos los momentos de su vida estuvieron marcados por sus relaciones: la importancia del apoyo de su padre Vicente (el famoso Nonino), el amor y desamor con su primera esposa Dedé, las idas y sobretodo venidas con sus hijos Daniel y Diana y sus últimos años con Laura. Astor también era las ciudades que tanto quiso: su nacimiento en Mar del Plata, la dura infancia en Nueva York, los veranos de descanso y creación en Punta del Este y el constante retorno a su querido Buenos Aires.

Lejos del bronce, Piazzolla, los años del tiburón cumple con creces el retrato íntimo de un artista que en toda su trayectoria peleó contra la incomprensión y se blindó con el afecto de su familia y amigos para hacer lo suyo y convertirse en referente mundial, más allá del ninguneo y las críticas de cabotaje.

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