Disponible en Netflix.

El film abre con una celebración popular, no sabemos qué tan antigua pero suponemos ya con cierta tradición: la carrera del lago. Consiste en que varios grupos de estudiantes tienen que dar una vuelta a un lago cargando un cajón de cervezas. Hay varias reglas pero al final cada grupo tiene que haberse bebido entero su cajón. Después de la fiesta, los jóvenes previsiblemente ebrios salen a festejar (y a seguir bebiendo) por las calles, causando unos cuantos incidentes gracias a su estado. Esto ya nos sitúa en el contexto en que se va a desarrollar la historia que sigue.

En la misma escuela secundaria de la que provienen nuestros estudiantes, tenemos cuatro profesores, de historia, música, psicología y educación física, que además de colegas son amigos y se juntan cada tanto para comer, beber, charlar de sus cosas y pasar el rato. Todos ellos tienen sus problemas domésticos y están pasando por la crisis de la mediana edad y otras añadidas. Esto es evidente sobre todo en Martin (Mads Mikkelsen) quien se encuentra cada vez más distante de su esposa, sin poder conectar con sus hijos adolescentes y con una muy baja consideración por parte de sus alumnos, lo cual está bastante justificado ya que sus clases distan de ser brillantes o siquiera enfocadas.

En una cena entre los cuatro se habla de la teoría de un filósofo noruego que postula que los seres humanos nacen con un cierto déficit de alcohol en la sangre y que para tener una vida más plena hay que compensar esa falta con una ingesta periódica que la lleve al nivel adecuado. Un poco para animar a Martin y otro poco como desafío para darle algo de emoción a sus vidas, los cuatro se proponen el experimento de pasar una temporada manteniendo ese nivel de alcohol de forma permanente. El experimento al principio parece exitoso, sobre todo en Martin, quien se beneficia ampliamente de sus resultados. Entusiasmados, los cuatro amigos acuerdan llevar el experimento más allá y, claro, las cosas empiezan a salirse de control.

Thomas Vinterberg vuelve a plantear un escenario de experimento social tal como había hecho en La comuna (2016), donde un matrimonio probaba las vicisitudes del colectivismo., o en Dear Wendy (2005) donde un grupo de jóvenes descastados se juntaban para formar un club de armas, o como también hizo su amigo y socio Lars Von Triers con Los idiotas (1998), donde un grupo de jóvenes burgueses se propone pasar como deficientes mentales. Y al igual que en Dear Wendy, se trata de un grupo de perdedores (en este caso relativamente funcionales), más o menos cerrado, con códigos que se instalan como reglas y que en realidad no son más que una forma de enmascarar sus inseguridades, hacer más pasable la vida y, quizás, darle algún sentido.

Como muestra el film desde su primera escena, el alcohol si es un problema no lo es exclusivamente de nuestros entusiastas protagonistas, y podemos suponer que también hay algo de orden cultural en Dinamarca y otros países nórdicos. Pero a pesar del despliegue incesante de vasos, botellas, petacas y personajes extraviados, las cosas no son tan lineales. Alguien podría verse tentado a pensar este film, que ganó el Oscar a la mejor película extranjera, como un alegato contra el alcoholismo. Pero Vinterberg no es un realizador tan obvio, y si bien es afecto a plantear dilemas éticos no lo es tanto a dar discursos morales ni respuestas demasiado cerradas. Porque si para los protagonistas el alcohol es algo así como una muleta con la que enfrentar la vida y sus diarios desafíos, en el film juega un papel de insinuar algo respecto al sufrimiento, a las frustraciones cotidianas, al fracaso de los proyectos e ilusiones, al dolor de existir. Tal como el realizador se encarga de enfatizar con un epígrafe de Kierkegaard acerca de la juventud y el amor y su carácter ilusorio, o como le hace decir a un alumno en un examen, citando al filósofo danés, acerca de la posibilidad de aceptarnos como falibles o, más aún, como sujetos que efectivamente han fallado.

Para usar un lugar común se puede decir que Otra ronda es una montaña rusa de emociones, de la depresión a la euforia, de la angustia al éxtasis. Y así como hay varios momentos hilarantes también los hay bastante incómodos, aunque sin llegar a las escenas terribles con que Vinterberg nos obsequió en La celebración (1998). Este vaivén emocional es un desafío para los actores, en particular por el gran Mads Mikkelsen, quien no sólo sale airoso sino que tiene la oportunidad de lucir su histrionismo y desplegar una performance que, ya que estamos con los lugares comunes, podríamos definir como Tour de Force.

Los protagonistas se plantean su temporada alcohólica como un experimento con reglas, variables y una hipótesis a comprobar. Vinterberg acompaña desde la puesta en la forma en que estructura el relato en partes, en el uso de texto escrito y los porcentajes que van dando cuenta del nivel de alcohol en la sangre de Martin y sus compañeros. Y también con el anexo, entre gracioso y patético, de imágenes de archivo de diferentes líderes mundiales en la cumbre de su poder y en estado evidentemente etílico. Pero así como el experimento no sigue el curso previsto, Vinterberg no da tampoco conclusiones definitivas y mucho menos juicios de valor. Si es claro que la experiencia afecta y transforma en alguna medida a los protagonistas, su resultado es bastante ambiguo y lo que queda no son precisamente certezas. La vida no es menos difícil y el futuro sigue siendo incierto.

OTRA RONDA
Druk / Another Round. Dinamarca, 2020.
Dirección: Thomas Vinterberg. Intérpretes: Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Magnus Millang, Lars Ranthe, Susse Wold. Guión: Tobias Lindholm, Thomas Vinterberg. Fotografía: Sturla Brandth Grøvlen. Montaje: Janus Billeskov Jansen, Anne Østerud. Diseño de Producción: Sabine Hviid. Duración: 116 minutos.

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