Estreno en salas.

La última película de Roman Polanski retoma el célebre caso del oficial Alfred Dreyfus condenado por un tribunal militar francés en 1895 por entregar información a la inteligencia alemana. Este proceso de doce años aún perdura en la memoria colectiva y la lectura de Polanski da cuenta de la vigencia que este caso, cargado de antisemitismo, tiene en la actualidad.

“Todos los personajes y eventos evocados en este film son reales”. A través de esta afirmación, Polanski deja en claro que más allá de todo verosímil narrativo y de los juegos de género que viran entre la historia de época y el espionaje, la narración invita a una lectura desde el ámbito de la realidad. Dreyfus, un comandante de origen judío que se desempeñaba en la milicia francesa, es acusado por traición, destituido de su cargo y condenado a cadena perpetua en la remota Isla del Diablo en la Guayana Francesa. La sentencia sin duda pretendía ser ejemplar; dado que no existía ninguna prisión en aquella geografía, el aislamiento e incomunicación formaban parte de su condena.

Uno de los episodios que se hizo célebre, alrededor de este caso, fue el titular del diario L`Aurore, “J`accuse”. Esta nota central, escrita por Emile Zola en 1898 –durante parte del cautiverio de Dreyfus-, lanzaba una fuerte acusación a todos los implicados en el proceso judicial, desde el gobierno, el ejército francés, los peritos intervinientes, etc. El artículo revelaba no solo las irregularidades judiciales que llevaron a condenar a un miembro del ejército por su origen semita sino las estrategias de la perpetuación del poder del nacionalismo de derecha en el marco de la III República. Esta nota, por la cual también Zola tuvo que responder judicialmente, manifestaba la brecha que se acrecentaba entre el régimen y las incipientes olas de izquierda contrarias a las políticas implementadas.

Si bien la película de Polanski retoma la totalidad del caso e incluye la presencia de Emile Zola, se centra con preciso detalle en los años previos a esta publicación. Es decir, en la figura del Coronel Picart quien accede a un puesto estratégico en la oficina de inteligencia, lo que le permite ir deshilvanando el proceso que inculpó a Dreyfus en primer lugar. No es que Polanski no esté interesado en el clima de agitación política que este caso tuvo a fines del siglo XIX, sino que está más enfocado en construir una película que responda al género de espionaje con todo su despliegue de juegos de poder, encubrimientos y revelaciones sobre verdaderos culpables y traidores. La estética que elije es acorde a ese juego de máscaras que operan como capas que se tejen sobre aquello que no es visible. Una impecable dirección de fotografía, que apela permanentemente a una atmósfera brumosa cargada de colores desaturados, entre los cuales eventualmente solo resalta el tono rojizo, sumado a un montaje clásico pero implacable como un reloj suizo en contrapunto con una musicalización que da el tono justo, parecen consolidar el cóctel perfecto para esta película ganadora del Gran Premio del Festival de Venecia.

Cuando J` accuse se exhibió en el marco del festival, por supuesto desató una vez más la discusión respecto de cómo juzgar las obras y si era lícito o no acercarnos a ellas en función de la historia de sus creadores. Cancelar la obra de artistas, cineastas, guionistas, escritores, filósofos es un gesto que está a la orden del día. El problema está en que desde el estructuralismo –sino desde el formalismo ruso de 1915- como teoría y método para pensar los textos, la idea de descartar obras por elementos exteriores a ella, trae un problema de índole reflexivo e interpretativo. Sin embargo, es evidente que se puede ejercer ambas posturas por fuera de un análisis estético o riguroso. Así lo hizo Lucrecia Martel cuando, como miembro del jurado; decidió no ver ni aplaudir la película en público, pero ese gesto no obliteró que pudiera verla en privado y que accediera a otorgar el premio en cuestión. Con lo cual, la afirmación de Catherine Deneuve, respecto de que no se iba a valorar la película por lo que representa, no se cumplió. Lo cierto es que J`accuse, o su impronta en la actualidad, no tiene nada que ver –en principio- con esta anécdota, ni con la condena por abusos y violaciones que a Polanski se le han imputado. Dicho esto, cabe hacer algunas observaciones finales.

J’ accuse constata dos cuestiones que podrían considerarse fundamentales hoy. Por un lado, que ninguna revelación de una verdad –en este caso el incipiente antisemitismo y xenofobia- y su eventual resarcimiento, son suficientes para hacer desaparecer esa inclinación. De lo contrario, el Holocausto no habría tenido lugar, independientemente de la postura de Francia en la guerra. Tal vez, en parte, sea por el devenir histórico que el caso Dreyfus, como proceso judicial, sea aún tan recordado, a pesar de que ninguna persona viva en la actualidad pudo haber sido testigo del suceso y del impacto de su revelación. El caso tiene vigencia porque permite su resignificación como referente de lo que la historia exhibió después. Pero, por otro lado, la película se actualiza en el sentido de que la grieta política y social no es una semilla del siglo XX sino tal vez de la emergencia de la modernidad de fines del 1800 y que, eventualmente, germinó con la implosión de los procesos del imperialismo y luego con las políticas neoliberales posteriores.

Hay algo más que muestra el film de Polanski y que está a tono con lo expresado. El final, que no vamos a develar por más conocido que sea el caso, es un tanto oscuro, tal vez incluso amargo. A la luz de otros acontecimientos históricos ahora también sabemos que el encubrimiento o la puesta en escena cuyo objetivo parece ser revelar lo real, no es un mecanismo exclusivo de la derecha sino tal vez una reconstrucción “necesaria” para la perpetuación del poder y el sostenimiento de ciertos ideales. Eso explica, parcialmente, la dinámica de la Gran Purga de Moscú llevada a cabo en la década del 30 del siglo XX. Los juicios en ciertos contextos no son la consecuencia de algo –traición- sino formadores de objetivos –el ser nacional-. Más allá de que en el caso de Dreyfus, parecía que la figura de espía tenía existencia –Esterhazy-, lo cierto es que el proceso fue funcional a una imagen de Nación y a una idea de enemigo. De igual manera, el sentido de los procesos de Moscú tenía más que ver con demostrar la fortaleza del régimen que con encontrar a los verdaderos enemigos internos.

Podemos centrarnos en la polémica que va a suscitar cada película de Polanski, aunque con sus 85 años, tal vez sea la última, pero nos perderíamos lecturas importantes que las obras proponen. También podríamos ignorar todo lo referente a su vida privada y considerar a la película como una entidad que respira sola. O bien, podríamos hacer ambas cosas, como intentó hacer con éxito Lucrecia Martel, y ser testigos de la manera en que alguien presumiblemente culpable haga una película sobre un proceso judicial que toma -¿irónicamente?- el nombre del texto de Emile Zola, “J`accuse”.

YO ACUSO
J` accuse, 2019.
Dirección: Roman Polanski. Guión: Roman Polanski, Robert Harris. Intérpretes: Jean Dujardin, Louis Garrel, Emmanuelle Seigner, Grégory Gadebois. Música: Alexandre Desplat. Montaje: Hervé De Luze. Dirección de fotografía: Pawel Ederlman. Duración: 131 minutos.

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