Estreno en la plataforma Cine.Ar.

El 26 de abril de 1986 se produjo una explosión en el reactor 4 de la central nuclear de Chernobyl, Ucrania, en tiempos en los cuales este país era todavía parte de la Unión Soviética. Esa fue el accidente de nuclear en una usina de ese tipo en la historia de la humanidad. Las consecuencias en la salud de millones de personas fueron imprevisibles y sus efectos continúan hasta ahora. Nadie imaginó, tampoco, que una localidad costera de una pequeña isla caribeña tendría respuestas para la salud de miles de niñas, niños y adolescentes.

En esos años comenzaba una crisis que cinco años después resultaría en la disolución del gigante montado sobre dos continentes: Europa y Asia. A miles de kilómetros de allí la caída de la URSS tendría un impacto en la vida de millones cubanos. El país tenía una fuerte dependencia comercial y financiera de la URSS y, sometida al bloqueo económico norteamericano, en los noventa vivió lo que se conoció en la isla como el “período especial”, la peor etapa del proceso revolucionario.

Tarará es una localidad a orillas del mar, cercana a La Habana. Allí niñas, niños y adolescentes pasaban el tiempo de las vacaciones. Cerrado a principios de los ’90, coincidió con el momento  en que miles de menores ucranianos comenzaron a manifestar dolencias graves, como efecto de la radiación liberada por la explosión. La atención que recibieron del deteriorado sistema de salud soviético fue lamentable: no tuvieron respuesta médica, ni remedios, ni ámbitos adecuados para ser tratados. La mayoría eran desauciadxs. Cuba fue uno de los escasos países donde recibieron acogida, tratamiento y cura.

Durante 20 años, entre 1990 y 2010, algunos miles de ellxs pasaron por Tarará. Muchxs se quedaron a vivir en Cuba. El punto de vista que propone Ernesto Fontán (aquí la entrevista) en este documental va más allá de la historia de las personas. El realizador compone un escenario donde esta historia se comprende como parte del proceso revolucionario, en tanto implica la apuesta por la ciencia, la incorporación de la niñez como sujeto de la Historia y la solidaridad como un pilar central de aquella épica. La figura de Fidel Castro adquiere la dimensión estratégica que siempre se le reconoció, a partir de testimonios claves y un material de archivo muy valioso.

Así lo humano aparece tanto en el relato de las personas que llegaron buscando la cura ante una muerte anunciada, como en las imágenes históricas que muestran cómo y por qué desde Ucrania volaron hasta Cuba. Y se quedaron.

Tarará es solo en parte el relato sobre las víctimas de la explosión de la URSS y de su sanación. Cuenta también como en medio del “período especial” el pueblo cubano comprendió que su modelo de salud podría salvar la vida de miles de niñas y niños, a la vez que Fidel Castro advirtió que, ahogada la economía por el bloqueo yanqui y la caída de la URSS, la medicina podía ser parte de un cambio de la matriz exportadora del país.

Con los testimonios de dos adultos que fueron niños salvados y la madre de uno de ellos, más los de Silvio Rodríguez, Aleida Guevara, Roberto Fernández Retamar e Ignacio Ramonet, el realizador Ernesto Fontán construye un relato emotivo que cuenta la historia de un tiempo complejo de la revolución, de su épica y de su máximo líder. Todo esto lo hace a través de uno de los tantos relatos desconocidos de la historia de la Cuba moderna, de la que tanto se habla y tampoco se aprende.

TARARÁ
Tarará. Argentina, 2021.
Dirección: Ernesto Fontán. Testimonios: Silvio Rodríguez, Aleida Guevara, Roberto Fernández Retamar, Ignacio Ramonet, Atilio Borón, Ramón Labañino, Gerardo Hernández. Director de producción: Gabriel Badaraco. Dirección de fotografía y cámara: Bruno Scarponi. Sonido de directo: Marcos Coria. Foto fija: Catalina Gallo Peláez. Música: Roly Berrio y Mariano Otero. Duración: 70 minutos.

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