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Emma acaba de perder a  Patrick, su marido. O su ex marido, la cosa no está muy clara al principio salvo el hecho de que ella no estaba viviendo con él desde hace un tiempo ni con Isla, la pequeña hija de ambos. Pero como todavía estaban casados al momento del fallecimiento, Emma se queda con la custodia de su hija que hasta entonces estaba a cargo de Patrick. Así, madre e hija reunidas se mudan a la casa donde esta última vivía con su padre y allí Emma tendrá que vérselas con su pasado en la casa que alguna vez compartió con su marido y, sobre todo, tendrá que reconectarse con su hija. La tarea no es sencilla y lo va a ser aún menos por algunos elementos que vienen a entrometerse. En principio y de manera más ostensible, un ex amigo que empieza a acosarla, primero de manera incómoda pero aparentemente amistosa y luego de forma más agresiva y demandante.  Y luego, preocupantes indicios de que una presencia las vigila y acecha en la casa.

El origen de aquello que amenaza a la protagonista es puesto deliberadamente en una zona de ambigüedad. ¿Alguien está tratando de intimidarla o hay algo del orden sobrenatural que habita en la casa? Esta duda es la que le permite al realizador venezolano radicado en Estados Unidos Eduardo Rodríguez moverse entre dos géneros, entre lo que podría ser un thriller y lo que podría ser un film de terror de casas embrujadas. O por lo menos intentarlo, porque el resultado no goza la misma fortuna cuando se inclina hacia un lado o hacia el otro.

Cuando el film se plantea como thriller de suspenso, genera una intriga no solo acerca de lo que está pasando en la casa y sus habitantes (los evidentes y los presuntos) sino de cuestiones del pasado que no están explicitadas de entrada. El motivo de la prolongada ausencia de Emma del hogar familiar se va revelando de a poco a partir de esporádicos indicios y unos breves y fragmentarios flashbacks que permiten ir reconstruyendo de a poco la complicada historia previa de la protagonista. Nada muy novedoso, pero que al menos genera cierto interés.  Por el contrario, cuando trata de moverse en el terreno del terror, lo hace con recursos pobres y gastados, sombras que pasan por el fondo, puertas que se cierran de golpe, sobresaltos rutinarios y demás trucos de manual, algunos ya claramente caducos. ¿Un ruido misterioso en un altillo que se revela como un gato encerrado? ¿En serio a esta altura?

Presencias inexplicables en gran parte recuerda a Te veo, un film estrenado hace unos meses en Netflix que utiliza ideas similares pero de manera más inteligente, desde la ambigüedad respecto a las amenazas al juego entre ambos géneros y cierta vuelta de tuerca que en aquel caso se iba construyendo paulatinamente y, si bien sorprendía, terminaba resultando natural, mientras que aquí se la saca de debajo de la manga en una resolución forzada que parece atada con alambre. Un film que quiere nadar a dos aguas y apenas hace pie en una de ellas para finalmente hundirse.

PRESENCIAS INEXPLICABLES
You’re Not Alone. Estados Unidos, 2020.
Dirección: Eduardo Rodriguez. Elenco: Katia Winter, Leya Catlett, Zach Avery, Emmy James, Patrick Hamilton. Guión: Andrew Wong. Fotografía: John DeFazio. Música: Luis Ascanio. Edición: Eduardo Rodriguez. Diseño de Producción: Estee Braverman. Dirección de Arte: Caley Bisson. Producción: Luis Guerrero, Kacie Lehner, Chris Lemos. Producción Ejecutiva: Jay Hernandez. Distribuye: BF. Duración: 92 minutos.

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