Cry Macho, la más reciente creación del inoxidable Clint Eastwood, que salvo unas pocas excepciones, año tras año presenta una nueva película que da cuenta de su visión del mundo, llegó a los cines de la Argentina.

Con el propio Eastwood como protagonista encarnando a Mike Milo, un veterano criador de caballos y exestrella de los rodeos cuando era joven, Cry Macho es la historia del nexo que se va forjando entre el viejo vaquero y Rafo (Eduardo Minett), un niño de 13 años al que Milo va a buscar a México por encargo de su jefe Howard Polk (Dwight Yoakam).

Las carreteras, el desierto y polvorientos pueblos olvidados de México cercanos a la frontera con los Estados Unidos, son los escenarios elegidos por Eastwood para contar el improbable encuentro, en un relato atravesado por la conexión entre los personajes separados por generaciones y culturas diferentes y que aun así encuentra un punto en común, primero desde el trato entre un hombre mayor y un chico rebelde que apenas comienza su adolescencia, para luego transitar un vínculo maestro-alumno y desembocar en una amistad que tiene mucho de relación padre-hijo.

Cry Macho es una película libre, alejada de cualquier tendencia del cine del presente y responde a la particular agenda con la que Eastwood fue forjando su filmografía, una carrera que sorteó con indiferencia una serie de malentendidos que el realizador viene arrastrando desde el comienzo de su carrera.

Es que primero como actor de varios spaghetti western imprescindibles en la historia del género como Por un puñado de dólares (1964), Por unos dólares más (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), se consolidó su imagen de tipo duro, ideal para personificar a esos héroes sin gloria pero con poco desarrollo interpretativo. De ahí la corrosiva definición de Sergio Leone: “Yo necesitaba más una máscara que un actor y Eastwood por entonces era perfecto, ya que toda su pericia dramática se reducía a nada más que dos expresiones: con sombrero y sin sombrero”.

Lo cierto es que la “máscara” se sigue manteniendo pero con los profundos surcos de sus arrugas en 91 años de vida, y en Cry Macho además se le agrega la preocupación por el futuro de los jóvenes con una sensibilidad que si se quiere, para el gran público, se explicitó de manera cabal en Los puentes de Madison, una característica que imprimió a sus películas hasta el presente, tanto como actor como director al abordar historias conmovedoras.

El otro equívoco, que ya fue sorteado con holgura, fue la capacidad de aquel joven cowboy de ponerse detrás de las cámara, una aprensión injustificada dada la cantidad de filmes del veterano director que pueden calificarse como extraordinarios como Bird, Cazador blanco, corazón negro, Los imperdonables, Un mundo perfecto, Los puentes de Madison, Medianoche en el jardín del bien y del mal, Million Dollar Baby, La conquista del honor, Cartas desde Iwo Jima, Gran Torino, J. Edgar y La mula, en una enumeración corta y “de consenso”.

“Me gustan los héroes de hoy, con sus debilidades, su falta de rectitud moral y su toque de cinismo”, afirmó el director en una entrevista de1978 a la revista Film Comment y su filmografía claramente respalda sus dichos.

Si su talento para la actuación y el prejuicio sobre su capacidad para dirigir fueron las dos cuestiones que superó a través de los años, tal vez el tercer error de apreciación sobre su trabajo fue su orientación ideológica, que para muchos teñía buena parte de sus películas.

Eastwood es republicano -incluso fue alcalde por ese partido de Carmel by the Sea, un pequeño pueblo del estado de California– y su pertenencia al conservadurismo más el haber sido el protagonista de la saga de Harry el sucio (que también dirigió en parte), no ayudó para nada en mostrarlo mínimamente progresista cuando empuñaba la enorme Magnum 44 como el detective inspector Harry Callahan, proclive al gatillo fácil y claramente racista.

Esta percepción inicial sobre sus ideas se prolongó bastante tiempo, pero se fue atenuando por su carrera en donde demostró que era un poco más complejo analizar su obra.

Como ejemplo prototípico de esa complejidad está Gran Torino, en donde interpreta a un anciano racista y violento que toma conciencia de su propio proceder y termina ayudando a un inmigrante asiático. Algo parecido pasa en La mula, con un personaje ambiguo que se dedica a transportar cocaína y lanza comentarios desubicados pero que finalmente hace lo correcto.

La humanidad y la falta de prejuicios del actor y director, con sus intereses personales y su valentía sin espavientos para tensionar sus relatos, llega hasta el presente con Cry Macho, un filme tal vez menor dentro del robusto corpus de su obra pero que se inscribe dentro de un humanismo que va más allá de los presupuestos sobre su mirada y el camino que edificó en su extensa trayectoria.

Publicado originalmente por el autor en Télam.

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