Estreno en salas.

La literatura argentina tuvo y tiene varios grandes exponentes de los relatos fantásticos o de terror; desde Borges y Bioy hasta Samanta Schweblin o Mariana Enriquez pasando por Horacio Quiroga, entre otros. Sin embargo, en el cine argentino actual -curiosamente- no es un género demasiado transitado.

Charly Feiling fue uno de esos grandes escritores, aún no valorado lo suficiente, que trabajó con lucidez esa zona donde lo real se vuelve imaginario o viceversa y armó el irreverente edificio de su literatura a partir del trabajo con las formas “bajas” como el terror como sucede justamente en “El mal menor” (1996) su última novela.

En El prófugo, Natalia Mena abreva en la novela de Feiling, casi como una vampira, succiona restos del libro, cierto tono, alguna característica del personaje central; esa Inés (con la inefable Erica Rivas) que se mueve entre voces, ruidos y cuerpos, tensando el mundo de los sueños y el de realidad. También es la misma Inés la que abreva en los ritmos sonoros de su cuerpo, en el mundo de los acoples que la ocupan, como una vampira que es además cantante lírica, descentrada y a la vez atenta a sus propios movimientos.

Habitada por “un prófugo”, tal vez su propia alteridad, quizá las sobras del deseo que intenta reprimirse, Inés se mueve en la oscuridad, en los interiores de espacios lúgubres, en pasillos asfixiantes, en las bambalinas de un teatro vacío. Es ella la que produce el terror; es ella la que lo alimenta, la que lo habita. Quizá, no sea ésta una película de terror, sino que el personaje principal genera el miedo, el terror, con sus recorridos, con sus trayectos inciertos, con sus inseguridades, con sus vaivenes.

El prófugo abre con una escena compleja, una mujer se tapa la boca con las manos y acompaña un relato que fluctúa entre la violencia sexual, el miedo y los gritos. Vemos imágenes que no se corresponde con los sonidos. Nos enteramos bastante más tarde que esa mujer se dedica a doblar películas, alguien que se desdobla, alguien que puede ser y hablar como otro. Este comienzo sorprende no sólo porque adelanta “ese otro” que va a habitar el cuerpo y la voz de Inés, esa dislocación del cuerpo y de los sonidos, sino también porque la secuencia siguiente es absolutamente diferente. Difiere tanto en el tono, en el ritmo como en el espacio y en la luz.

El prófugo se juega en esas grandes elipsis en las que no sólo no sabemos lo que ocurrió, sino que a la vez la propia Inés no lo comprende demasiado. Ella y sus fantasmas, sus propios “prófugos”, sus ruidos; la atormentan y a la vez la sostienen. Quizá ese trauma inicial, planteado en la compleja relación que establece con el novio en ese luminoso espacio de la playa, sea la razón; aunque no está claro. Nada se reduce en El prófugo a explicaciones psiquiátricas o psicológicas, los relatos de terror se basan justamente en la posibilidad de tensar estos discursos.

Una de las virtudes de la película es un tono de cierta ligereza que a veces se vuelve cómica. La cita a Chitarroni (el Gran Maestro Luis Chitarroni, íntimo amigo de Feiling y en la actualidad uno de los responsables de la editorial La Bestia Equilátera, junto con Mena, la directora de la película) como aquel genio de consulta muy costosa que puede “desmagnetizar” los ruidos que habitan a Inés, los coqueteos de la madre de Inés (Cecilia Roth) o el final donde todo se vuelve o se trasmuta en otro género, en otro ritmo, casi como una comedia romántica o un musical frenético.

Otro de los aciertos es el gran trabajo de sonido a cargo de Guido Berenblum, no solamente en ese elemento ruidoso que puebla a Inés, que la molesta y la conforma, sino también la presencia de la música, la irreverencia de los fuertes zumbidos y acoples que aparecen cada tanto que hacen a la creación de un clima que tiende más a sugerir que a explicar. El sonido en El prófugo es el verdadero protagonista, es un concepto que logra autonomía más allá de las imágenes.

Natalia Mena desestructura el género de terror, lo desarticula, hace un buen trabajo de hipertextualidad (de la que no nos ocuparemos en detalle, ya que las películas no son un recorrido a desentrañar a partir de citas de otras películas). Mena arma un relato donde se proponen diferentes capas de lectura, una película que se abre a las interpretaciones y a la vez, afortunadamente, las minimiza. Con ciertos tropezones en el guion y alguna sobreabundancia de recursos cinematográficos como las elipsis, El prófugo es un gran intento de un tipo de cine que escasea en la actualidad, porque tal vez como dijo Ricardo Piglia “El relato de terror es quizá la forma más devaluada y más activa de la cultura actual. La dificultad de fijar con claridad sus límites es una prueba de que no ha sido aún legitimada por la crítica académica.

EL PRÓFUGO
El prófugo. Argentina/México, 2020.
Guion y dirección: Natalia Meta. Intérpretes: Erica Rivas, Nahuel Pérez Biscayart, Daniel Hendler, Cecilia Roth, Guillermo Arengo, Agustín Rittano, Gabriela Pastor, Flor Dyszel y Mirtha Busnelli. Fotografía: Bárbara Álvarez. Música: Luciano Azzigotti. Edición: Eliane Katz. Dirección de arte: Aili Chen. Sonido: Guido Berenblum. Producción: Benjamín Domenech, Santiago Gallelli, Matías Roveda, Natalia Meta y Fabiana Tiscornia. Duración: 95 minutos.

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