Estreno en salas.

Una educación parisina trae una historia que ha sido contada y vivida por muchas generaciones: los intensos años de la juventud -en este caso de un sector particular de la pequeña burguesía francesa- donde todo cambia y todo se discute y la fascinación y la melancolía por aquello que nunca llegará, atraviesan los días, que se hacen noche y luego se hacen día. Aquí el realizador se reconoce como parte de una historia del cine francés de los últimos 50 años. Y por esa clara decisión narrativa a nadie sorprenderá, pero sin embargo no dejará de interpelar al afecto de los espectadores, como quien hace sonar una bella y nueva versión de una canción conocida y querida.

Etienne va a París para estudiar cine. Deja en Lyon a su familia y su novia, todo eso que desde la capital se ve como una simple vida pueblerina. Lo que sigue a esa primera escena son tiempos intensos de discusiones sobre cine, poesía, política, deseos, convicciones y amores o desamores. Tiempos de conocer nuevos amigos y parejas, y rápidamente perderlos de vista y seguir construyendo -a tientas- las certezas sobre el mundo y la vida.

La película cuenta esto de una manera sumamente honesta y cercana a los personajes. Si alguien durante el desarrollo imagina que hay dobles intenciones, críticas veladas, referencias intelectuales complicadas, olvídelo. La película cuenta el modo en que Etienne atraviesa esa educación parisina con los ojos bien abiertos, admirando lo que imagina de los demás, escuchando lo que dicen con cierta fascinación –especialmente al misterioso y arbitrario y polémico Mathías- y pensando el sentido que de aquello que lo llevó algún día a París a estudiar cine. Gran parte de la película pasa inmersas en las discusiones de los jóvenes Etienne, Valentina, Jean-Noël, Mathías y Annabelle, ya en el departamento compartido, ya las aulas de la facultad París 8 o en los bares.

El director Jean-Paul Civeyrac decide utilizar una estilizada fotografía en blanco y negro y eso profundiza la referencia a gran parte del cine francés. Así aparecen Rohmer, Truffaut o Garrell mientras los jóvenes cineastas discuten sobre la posibilidad de contar la vida desde la honestidad de un solo plano. El maximalismo, los principios indeclinables, las posturas políticas, las certezas estéticas, todo está allí discutido; como estuvieron y están en cualquier juventud exuberante en habitaciones llenas de humo de cigarrillo, donde las miradas traen amores efímeros o eternos según a qué hora se crucen.

Esa elección plástica de Civeyrac cuenta el estado personal de Etienne, alguien melancólico por lo que imagina que nunca será al mirarse en el espejo de los otros; pero también nos lleva de paseo por una París lejana de lo luminoso, de la gran ciudad que brilla. Es ruidosa y gris, casi burocrática. Una ciudad sin naturaleza.

Etienne, y quienes pasan por su vida y quienes llegan a sus días, son parte de una historia ya contada muchas veces. Pero que, a pesar de los cambios de eras y tecnologías y tiempos e imaginarios, sigue ocurriendo cotidianamente. Y no está mal volver a contarla.

UNA EDUCACIÓN PARISINA
Mes Provinciales. Francia, 2018.
Dirección: Jean-Paul Civeyrac. Guion: Jean-Paul Civeyrac. Fotografía: Pierre-Hubert Martin. Elenco: Andranic Manet, Diane Rouxel, Jenna Thiam, Gonzague Van Bervesseles. Duración: 137 minutos.

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