Estreno en salas.

Héloïse (Adèle Haenel) vive de acuerdo a las convenciones del mundo represivo y patriarcal de la sociedad del siglo XVIII y como tal, por los apuros económicos que atraviesa su familia se ve obligada por su madre (Valeria Golino), primero a abandonar el convento donde estaba recluida y luego a cumplir con un matrimonio arreglado con el que iba a ser el esposo de su hermana que se suicidó. Por su parte Marianne (Noémie Merlant) también es un producto de ese presente que le toca vivir, pero como es la hija de un pintor famoso, pudo educarse, tiene acceso a la literatura y cierta autonomía que no era común para otras mujeres. Así, Marianne que también es pintora, va a cumplir el encargo de retratar a Héloïse en su apartada casona de la costa bretona, para que la obra sea entregada al noble milanés que será su marido como una prueba de su belleza.

La Condesa, madre de Héloïse, establece las condiciones del contrato: su hija ya rechazó a otros artistas (la conclusión inmediata es que la negativa de la chica a ser retratada es un último y módico gesto de rebeldía para postergar el matrimonio), así que Marianne tendrá que oficiar de dama de compañía y memorizar el rostro y la figura de Héloïse, para después pintarla en secreto.

De lo que se trata entonces en principio es de la mirada de Marianne sobre Héloïse, de recordarla, de captar sus rasgos, sus gestos, su esencia. Pero la artista pronto se ve admirando la rebeldía de la chica, su carácter firme y claro, su belleza. La realizadora Céline Sciamma comienza con esa mirada unidireccional pero enseguida establece el ida y vuelta de las protagonistas, con Héloïse también subyugada por Marianne, que representa al mundo al cual no tiene acceso y al que ingresará apenas como la esposa de un noble.

Esta fascinación mutua avanza a medida que los bosquejos se van acumulando y la artista y su musa van desplegando un abanico de emociones, desconfianza, vergüenza, culpa y represión, en tensión con la pasión que va en contra de las convenciones de la época pero que se manifiestan de manera sutil, una especie de eco opresivo que determina la imposibilidad del amor. Pero a la vez, la mirada mutua es la que anula, por los menos en ese universo reducido, la desaprobación de las miradas ajenas y por ende, la que saben será la condena por sus actos.

Lo cierto es que los bocetos no pueden llegar a ser el retrato en tanto Marianne entiende (junto con el espectador) que el cuadro jamás podrá ser la presentación en sociedad de Héloïse porque su pulsión como artista la lleva a desnudarla -real y metafóricamente – y mostrarla como lo que es, una mujer llena de deseos, inquietudes y anhelos de libertad.

La historia de un amor sin esperanzas y la sutileza dramática son los puntos principales de la puesta delicada y sensible de Sciamma, que si bien en algunos momentos roza un exagerado nivel de preciosismo, no afectan de manera decisiva al relato, lleno de comprensión por sus personajes y con nexos obvios y sin estridencias con la lucha de las mujeres por sus derechos en el presente.

RETRATO DE UNA MUJER EN LLAMAS
Portrait de la jeune fille en feu, Francia, 2019.
Dirección y guion: Céline Sciamma. Intérpretes: Adèle Haenel, Noémie Merlant, Luàna Bajrami, Valeria Golino, Cécile Morel. Fotografía: Claire Mathon. Música: Para One, Arthur Simonini. Montaje: Julien Lacheray. Diseño de producción: Thomas Grézaud. Diseño de vestuario: Dorothée Guiraud. Duración: 120 minutos.

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