Nicolás Prividera rescata los cuadernos de anotaciones de su padre y viejas películas caseras en “Adiós a la memoria, un documental que trabaja sobre la propia identidad del cineasta y la pone en contexto con la historia reciente del país.

Luego de M (2007) en donde buscaba reconstruir la historia de su madre secuestrada y desaparecida, y Tierra de los padres (2011), un relato-ensayo sobre vencedores y vencidos en la historia argentina, Prividera vuelve al tópico de la memoria, con materiales películas caseras y anotaciones de su padre enfermo con una enfermedad degenerativa.

“Quería hacer un recorrido por distintas problemáticas y cuestiones relacionadas a este gran tópico contemporáneo que llamamos memoria”, cuenta el director.

Prividera, que admite que sus películas tienen que ver con los recuerdos y un registro posible desde el presente, en Adiós a la memoria recurrió a los videos familiares y anotaciones de su padre para “poder reflexionar sobre la memoria personal, la histórica y sobre el cine mismo”.

¿Cuál fue el disparador de “Adiós a la memoria”?
La película trabaja sobre la mirada de un hijo en relación a las películas caseras que filmó su padre entre los sesenta y los ochenta, y que el hijo retoma cuando el padre se enferma justamente de una de esas enfermedades asociadas a la pérdida de la memoria. Ese es el disparador de la película, trabajar esas dos miradas en conjunto y a través de ellas, quería hacer un recorrido por distintas problemáticas y cuestiones relacionadas a este gran tópico contemporáneo que llamamos memoria.

Tus dos películas anteriores, “M” y “Tierra de los padres”, también tienen que ver con la memoria.
Creo que naturalmente todas mis películas han trabajado sobre la memoria desde diferentes perspectivas, puede ser una memoria política, histórica o social y siempre vinculada a una historia y una mirada más o menos personal. Para mí, las tres películas que he hecho están relacionadas aunque pueden verse y entenderse por separado. En esta no quise quedarme en la mera cuestión personal ni en la pérdida de la memoria de mi padre, sino que a través de él y de las películas caseras que filmó a lo largo de los años, poder reflexionar sobre la memoria personal, sobre la memoria histórica y sobre el cine mismo.
Adiós a la memoria quiere ser explícitamente una idea de cierre de la trilogía y aunque nadie sabe qué deparará el futuro, si sigo haciendo películas seguramente irán por otro lado.

¿Coincidís que de alguna manera la película intenta atrapar lo inasible?
La película muestra como mi papá tomaba notas compulsivamente mientras iba perdiendo la memoria para poder fijar aquello que estaba olvidando y terminaba llenando cuadernos con nombres que no tenían relación entre sí, y en cierto modo la película está hecha de fragmentos, y de algún modo tratando de tener presente que toda memoria es fragmentaria, incluso aunque no esté atravesada por una enfermedad. La propia naturaleza es estar construida por fragmentos y ciertas fragilidades, por eso todo el tiempo necesita ser puesta en narración, todo el tiempo necesitamos contar. Y no solo en la vida personal, sino que la historia en general se trata de eso, contar una y otra vez desde la perspectiva del presente los hechos significativos del pasado o que se vuelven significativos a la luz del presente. La película trata de jugar a poner en escena ese vaivén continuo entre memoria y olvido, que como sabemos, no son opuestos, sino que son parte del mismo mecanismo.

Y cuáles fueron los puntos en común con tu padre cuando empezaste a acceder a los cuadernos o las películas caseras?
Hurgando fue como tirar un hilo y sacar esos cuadernos fue como tirar un hilo y restablecer algún tipo de sentido, encontrando nombres, referencias y otros materiales como objetos y cartas, que por algún motivo me fueran significativos y con los que yo pudiera establecer un diálogo fantasmal con mi padre.

Cómo cineasta y la vez en tu rol de hijo, sentiste un extrañamiento al ver las películas que tomó tu papá durante años?
Yo creo que la naturaleza de esos materiales es errática, como todas las películas familiares tiene tópicos, encuentros, vacaciones, cumpleaños, y a la vez tiene otras zonas que son las más interesantes, cuando iba a filmar otras cosas. Toda película que retrata el pasado es extraña, en tanto el mecanismo del cine como decía un teórico como André Bazin, momifica el pasado porque si bien está vivo en las películas sabemos que eso ya sucedió y cada vez que lo vemos lo interpretamos y lo vemos de otras maneras.
Ese material invitaba naturalmente a hacerle esas preguntas, podría haber sido una película más convencional y construir una mirada nostálgica sobre el pasado o construir el pasado como nostalgia, como alguien que mira esas películas caseras añorando, pero yo traté de no ir a esas zonas, de hacer algo que fuera todo lo contrario y poner distancia con el material.

Tu padre atravesó una enfermedad bastante cruel, ¿cuáles fueron los límites al filmarlo y luego elegir qué iba a quedar en la edición final?
Yo no quería hacer una película sobre la enfermedad, no era algo que me interesara. Lo momentos en donde aparece mi padre son pocos y todos tienen algún tipo de sentido en relación a lo que se quiere contar. Seguí la vieja línea del cine clásico que es ser lo más pudoroso posible y a la vez, no dejar de ser honesto y de ir a fondo en el tema de la película.

Publicado originalmente por el autor en Télam.

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