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Estreno en salas.

Asia y Vika son madre e hija pero no son muy cercanas. Asia tuvo a Vika muy joven y el padre se quedó en Rusia cuando ellas se mudaron a Israel siendo Vika muy pequeña. Esta no guarda recuerdo de su padre que desde entonces desapareció, con lo que Asia tuvo que hacerse cargo de su hija sola. Esta maternidad difícil derivó en que Asia concentrara más su atención en su trabajo como enfermera. El horario con frecuencia nocturno de las guardias acentuó la incomunicación entre ambas. Por su parte Vika es una adolescente que guarda cierta distancia con su madre, que prefiere pasar el tiempo con sus amigos y tiene, además, una enfermedad degenerativa que le va dificultando progresivamente los movimientos y que eventualmente puede poner en riesgo su vida.

Vika sigue los tratamientos de mala gana mientras Asia controla sus frecuentes recaídas, hasta que una serie de episodios dan cuenta de que la enfermedad no solo avanza inexorablemente sino que su ritmo parece haberse acelerado. La precaria rutina que Asia sostiene se derrumba y esta tendrá que dedicarse con más urgencia al cuidado de Vika y pasar más tiempo con ella, sin poder tampoco dejar de cumplir con sus obligaciones laborales. Esta situación de necesidad imperiosa es también, y paradójicamente, la oportunidad para que madre e hija se acerquen y profundicen una relación que hasta entonces había sido débil y superficial. El desafío para Asía es convertirse en la madre presente que hasta ahora no fue y estar ahí para su hija.

En su primer largometraje, la realizadora israelí Ruthy Pribar trabaja con material muy sensible como el deterioro físico, el dolor por los seres queridos y la cercanía de la muerte. Una temática que se presta fácilmente y se explota frecuentemente para la administración del golpe bajo y la manipulación. Pribar sortea con elegancia estos desafíos y tentaciones y elude la salida fácil para ofrecer un relato que respeta a sus personajes sin por eso dejar de ser emotivo.

No es que no haya escenas duras ni esté ausente el sufrimiento, pero Pribar, también autora del guión, no se regodea en ello. Lo que le interesa mostrar es la relación íntima entre estas dos mujeres. Una madre que quizás no sepa, o no cree que sepa, muy bien cómo serlo. Y una hija que se rebela a los intentos de control de su madre, a los que siente como un menoscabo a su autonomía, pero a la  vez se encuentra en una situación de cada vez mayor indefensión y necesita de su presencia.

La enfermedad y su avance ponen a prueba el vínculo entre ambas y les plantea un desafío para los que nadie puede estar preparado (ni siquiera una trabajadora de la salud como Asia). Ambas tienen entonces que aprender a convivir y comunicarse y replantear su vínculo de otra manera. Pribar muestra ese vínculo en su complejidad en un recorrido que incluye el conflicto, el amor, el resentimiento, la culpa, la impotencia, el hastío, el sacrificio y la complicidad. La enfermedad no está siempre en primer plano y algunas de las mejores escenas las muestran compartiendo momentos de diversión cuando descubren que en medio del dolor pueden reírse juntas. 

Sobre los hombros de las dos actrices protagónicas, Alena Yiv (Asia) y Shira Haas (Vika), recae la tarea no menor de encarnar ese vínculo complejo al que hacen creíble recorriendo todos sus matices. Asia es una rareza dentro de un tipo de films que se dejan tentar muy fácilmente por la estridencia y el chantaje emocional. Por el contrario, Ruthy Pribar en su destacable debut opta por la sobriedad, por una mirada íntima y humana. 

ASIA
Asia. Israel, 2020.
Dirección: Ruthy Pribar. Intérpretes: Alena Yiv, Shira Haas, Tamir Mula, Gera Sandler, Eden Halili, Or Barak. Guión: Ruthy Pribar. Fotografía: Daniella Nowitz. Música: Karni Postel. Edición: Neta Dvorkis. Producción: Yoav Roeh, Aurit Zamir. Duración: 85 minutos.

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