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Una vez más el realizador de Lluvia de jaulas (2020) se adentra en el conurbano bonaerense y lo examina. En su forma brutal, Reloj soledad nos devuelve algo de ese registro sin intentar establecer un juicio de valor sobre las acciones de una joven que descarrilla por culpa de un reloj.

Cuando miramos una película como Reloj soledad la primera tentación es empezar a hacer trayectos de estilo, género del cine argentino. Buscar y señalar referentes para de alguna manera guiar o despertar la atención del lector. “Se parece a las películas de José Celestino Campusano o tiene ese estilo del conurbano profundo de algunas películas de Perrone”. Y lo cierto es que hay algo de ese camino en Reloj soledad, pero resulta insuficiente para dar cuenta de su unicidad. Porque la película de César González, co-guionada con la protagonista (Nadine Cifre) produce en el espectador un plus que al principio torpemente nos hace decir “tipo Perrone pero no”. Claramente ese “no” es lo que cuesta nombrar de manera afirmativa.

Una joven tiene un trabajo como empleada de limpieza en una imprenta. Parece tener una existencia rutinaria, sencilla y de máxima austeridad. La vemos despertarse, desplazarse al trabajo, comer un sándwich de queso y tomate como cena. Tiene también sus tiempos de descanso en el trabajo con su compañera Sabrina y el señor de seguridad –esos empleados de la empresa que son de alguna manera periféricos a los objetivos de producción-. Son necesarios para la fábrica, pero siempre fácilmente sustituibles. La cámara la sigue de manera casi invasiva y la perspectiva que produce es más la de un estilo indirecto libre. Se hace notar. A tal punto, podría decirse, que la cámara es un protagonista más que acecha. Pero no solo a la protagonista sino también a esos otros personajes secundarios: el jefe, el guardia de seguridad, los empleados de la imprenta, objetos y espacios. De alguna manera, el director logra producir un efecto muy particular que es el de homologar en un mismo plano sujetos y objetos. ¿Acaso en una fábrica las personas no son meros accesorios de la máquina? ¿Es el empleado menos objeto que la prensa que comprime una caja de cartón?

Esta homologación, que primero aparece en el marco del espacio de trabajo, se termina trasladando al espacio urbano. Esa zona del Buenos Aires profundo, cercano y lejano a las buenas costumbres porteñas, emerge como territorio hostil: personas, niños, motos, calles, cualquier cosa que ahí entra en el plano tiene el mismo grado. El señor de la moto de Glovo es tan anodino o tan peligroso como cualquier otro aspecto/ cosa/ sujeto que ahí aparezca. Y así es la vida de la protagonista hasta que de manera intempestiva roba un reloj. El robo no es un tremendo giro narrativo. Por supuesto habrá sentimientos encontrados, problemas, consecuencias. Pero, no es tremendo, en tanto no es difícil asumir grandes consecuencias cuando no hay tanto para perder. Hay culpa, claro, pero no la suficiente. Hay intento de redimirse, pero es tímido. El mundo de Reloj soledad no es un mundo que pase de la armonía a un desequilibrio brutal porque en su mejor versión ya es brutal.

No hay duda de que uno de los mayores logros de la película sea el aspecto auditivo. Uno habla de productos “audiovisuales” aunque sabemos que en el cine siempre lo visual prima. Hablamos de montaje, encuadres, composición de planos, vestuarios, etc. Por supuesto, no somos sordos y cada tanto lo auditivo llama nuestra atención. Pero el punto es que tendemos a hacer un señalamiento cuando hay algo disruptivo o en contrapunto entre imagen y sonido. Reloj soledad no sería la película que es si esa articulación entre imagen y música, imagen y ruido ambiente, imagen y sonidos identificables/ no identificables. Es recurrente la aparición de sonidos casi melódicos, casi ambientales. Son eso y otra cosa. Son música, pero ruido simultáneamente. Esta dimensión tiñe de un halo siniestro todos los espacios, los movimientos de la protagonista, el ambiente de la fábrica que, aunque acá no esté demasiado remarcado en el relato, ese espacio laboral es un lugar del mal. En definitiva es ahí donde “vive” el reloj.

RELOJ SOLEDAD
De César González (Argentina, 2021, 70 minutos)

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