La vida de un solitario ilusionista y titiritero que recorre los pueblos con su modesto espectáculo, al que luego se le une el amor de su vida, es la historia que aborda Milagro de otoño, dirigida por Néstor Zapata y protagonizada por Luis Machín que hoy se estrena comercialmente.

El versátil Machín encarna a “Faxman”, el mago trashumante que un día conoce a la que va a ser su compañera para toda la vida, Candelaria (la debutante Sol Zaragozi), en una película que rescata la vida de los artistas anónimos que llevan sus espectáculos a lugares remotos, a través de algunos elementos de lo fantástico en función del melodrama clásico.

“Cualquier hecho artístico que uno produce, mientras más gente la vea, mejor, pero en lo personal yo nunca actué pensando en complacer a la gente”, define Luis Machín, sobre las expectativas por la recepción de esta historia, con la que se sintió identificado personalmente: “Si bien está muy fuertemente cruzada por una historia de amor, la historia está centrada en la vida de un titiritero, que es lo que fui durante mucho tiempo”.

La relación del actor con el realizador Néstor Zapata -que es además director de Arteon, un grupo dedicado al teatro y al cine en Rosario– se remonta a la juventud de ambos, cuando recorrían Santa Fe con espectáculos que montaban en toda la provincia.

“No es tan lejano lo que hace el mago ‘Faxman’ de lo que hacíamos nosotros cuando teníamos 20 años”, recuerda Machín.

¿Qué es lo que te atrajo del proyecto? ¿Qué relación tenés con el director y el grupo Arteon?
Arteon fue parte muy importante muy importante de mi formación en Rosario, si bien no estudié allí, hace muchos años hicimos giras con Néstor Zapata con espectáculos para niños, incluso como titiritero en una gira internacional, así que es un lazo casi familiar. Y tuve una pequeña participación en su primera película, Bienvenido León de Francia, que habla de los actores de radioteatro en el interior del país.
Zapata me contó la historia de Milagro de otoño hace muchos años porque quería que la protagonice. Y acepté, porque si bien está muy fuertemente cruzada por una historia de amor, está centrada en la vida de un titiritero, que es lo que fui durante mucho tiempo. Lo primero que me vincula con la película es que transcurre en lo que yo creo que son los ochenta, cuando fueron mis inicios y es por eso que me resulta muy cercana la temática. Es un vínculo emocional que se relaciona a cómo Zapata cuenta sus historias, desde dónde las enfoca y el tipo de asociaciones que uno puede hacer en relación a lo que ves en la película, que en general tiene que ver con artistas que históricamente hemos admirado.

¿La película es un un homenaje a los artistas de variedades trashumantes?
Sí, me vienen a la memoria personajes como Zampanò, que hacía Anthony Quinn como un artista ambulante en La Strada de Federico Fellini; son historias que nos han fascinado y que nosotros conocemos desde adentro. No es tan lejano lo que hace el mago “Faxman” de lo que hacíamos nosotros cuando teníamos 20 años en las giras con ilusiones para chicos en toda la provincia de Santa Fe; en algunos lugares armábamos escenarios arriba de fardos de alfalfa, en sociedades de fomento, en lugares donde incluso en los ochenta, nunca había ido el teatro. También íbamos a las villas, con el deseo de llevar el teatro a otros lugares. Todo eso no está muy lejos de lo que uno le ve hacer al protagonistas, este ilusionista y titiritero, que recorre los pueblos a bordo de un viejo Citroën.

Además de “La Strada”, la película tiene otras referencias como “Las alas del deseo”, de Wim Wenders.
Yo rescato mucho la capacidad asociativa que te lleva a esos territorios, pero yo no las pensé en el momento del rodaje. Cuando veo la película terminada me sorprendo mucho porque en general no es lo que imaginé, muchas veces me sorprendo para bien y otras no tanto. En este caso me sorprendí para bien, si uno se pone en crítico u observador de antemano, se tiende a replicar lo que admira. Vittorio Gassman decía que para ser actor uno no tiene que intelectualizar ni ser inteligente, no hay que repetir lo que me dicta la cabeza, es el cuerpo por donde pasa la actuación. Si leés el guion de la película, prácticamente no hay diálogos, eso es lo extraordinario del cine, uno tiene que entender, sobre todo en el cine, que es un engranaje más, sin duda importante pero hay otros elementos que están en la cabeza del director.

La película tiene dos partes bien diferenciadas: una que apuesta al naturalismo y otra que incorpora elementos de lo fantástico. ¿Cómo fue tu trabajo para abarcar ambos registros?
Zapata tiene una impronta teatral muy fuerte, como la mayoría de nosotros, y esa impronta la hace muy bien a la película en un momento y en otros no, hay que abandonarla. La primera parte casi tiene la forma del expresionismo alemán y ese rasgo se mantiene en parte, pero no en mi personaje, porque advertimos que había que contarlo con un lenguaje cinematográfico más contemporáneo. Yo estoy muy contento con eso, porque es una película compleja y esas dos partes están muy bien complementadas. Lo interesante es ver cómo algo que es tan teatral puede ser cinematográfico por el lenguaje, una película que se hace cargo de una forma de narración que puede parecer antigua, son todos elementos con los que está muy bueno jugar, sobre todo en una época en donde la narración te lleva a algo tan espasmódico.

¿Creés que los espectadores van a responder positivamente a esta historia contada como está contada en “Milagro de otoño”?
La verdad es que no me importa, la película no se hizo con esa preocupación. Por supuesto que cualquier hecho artístico que uno produce mientras más gente la vea, mejor, pero en lo personal yo nunca actué pensando en complacer a la gente. Las películas quedan para toda la vida y va a estar para el que la necesite, hay momentos que no te das cuenta que la necesitás y la ves y te das cuenta que sí, por algo cada tanto volvemos a películas que ya vimos y que crecen con uno. “Milagro de otoño” va a quedar, no sé si la van a ver cien, mil o un millón de espectadores. No me importa el nivel de repercusión medido con la vara de la industria, cada película impone su ritmo y lo mejor que puede pasar es que cada director sea consecuente con lo que sabe y siente.

Publicado originalmente por el autor en Télam.

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