Estreno en Netflix.

Pocas cosas tienen el aura intocable de la relación madre-hijo/s, con esa fama de poderoso e indestructible. Al respecto abundan las historias de entrega y sacrificio, donde una madre daría todo, hasta la vida, por sus retoños. Pero la experiencia de la maternidad puede ser gratificante y también puede ser agobiante como suelen atestiguar otros tantos testimonios con prensa menos favorable. Cuestionar ese dogma y plantear también qué pasa cuando la maternidad entra en conflicto con la realización personal y el deseo, equivale a tomar un riesgo. Y eso es precisamente lo que hace Maggie Gyllenhaal como directora.

Para su opera prima, Gyllenhaal, quien viene de una carrera consagrada como actriz tanto en Hollywood como en el cine independiente, y dejó un recuerdo imborrable a quienes la vieron en La secretaria (2002), esta vez elige no ponerse delante de la cámara, como unos cuantos colegas que pasan de la actuación a la dirección, pero sí se hace cargo del guión, adaptando la novela de la escritora italiana Elena Ferrante, de quien uno de sus rasgos públicos más promocionados es paradójicamente el anonimato, pese a las varias especulaciones sobre su identidad.

Leda (Olivia Colman) es una mujer madura que va a pasar sola unos días de vacaciones a un hotel en un pueblito de la costa griega. Pero este retiro no resulta tan idílico como esta cree apenas llega y cómo el paradisiaco paisaje haría suponer. En parte porque al poco tiempo llega al lugar una ruidosa familia, un clan se diría por su número y su comportamiento monolítico, que viene a romper la paz de manera irreparable. Y en parte porque en esa familia está Nina (Dakota Johnson), una madre joven con la que Lena entabla una relación de algo parecido a una amistad o una complicidad y que le remite a su propia, temprana y problemática maternidad varios años atrás.

El film cuenta una temporada y, a la vez, una buena parte del pasado de Leda, narrado desde ese presente estival y un pasado que llega en forma de flashbacks (donde la joven Leda es interpretada por Jessie Buckley), que al principio se presentan esporádicamente y, a medida que el relato avanza, empiezan a tomar mayor presencia, resurgiendo, atropellando y amenazando con llevarse puesta a la protagonista. Porque esta académica distante y decidida a conservar las distancias (sobre todo emocionales) empieza a perder progresivamente el control de la situación y de sí misma, como también lo perdió en otro momento de su vida.

Olivia Colman hace un trabajo extraordinario al representar con toda su intensidad esa desorientación, la indignación y la necesidad imperiosa de conservar su espacio y el control de su propio comportamiento. Una misión condenada al fracaso ya que su protagonista empieza a actuar de manera cada vez más errática y hasta arriesgada, donde un objeto aparentemente inocente como una muñeca perdida adquiere un rol fundamental.

Gyllenhaal hace una entrada notable en el rol de directora, con un manejo preciso de los recursos narrativos y una seguridad que en ningún momento hacen pensar en una realizadora debutante. La hija oscura expone temas como la maternidad, la sexualidad, el amor y el derecho de las mujeres a realizarse profesionalmente en oposición a los mandatos sociales y a un deber ser idealizado e irrealizable. La flamante realizadora aborda esos temas con sutileza e inteligencia y los despliega en su complejidad y potencial conflictivo, y postula que efectivamente se puede decidir y que toda decisión tiene un precio con el que hay que vivir. 

LA HIJA OSCURA
The Lost Daughter. Estados Unidos. 2021
Dirección: Maggie Gyllenhaal. Intérpretes: Olivia Colman, Dakota Johnson, Peter Sarsgaard, Jessie Buckley, Paul Mescal, Oliver Jackson-Cohen, Ed Harris, Dagmara Dominczyk, Alba Rohrwacher. Guión: Maggie Gyllenhaal, sobre la novela de Elena Ferrante. Fotografía: Hélène Louvart. Música: Dickon Hinchliffe. Edición: Affonso Goncalves. Duración: 121 minutos.

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