Estreno en la plataforma Mubi.

El cuerpo es un espacio de tensiones en vigilia
tensión inagotable
entre afuera y adentro
El cuerpo desconoce
el alcance de su furia (…)*

La experiencia del cuerpo expresa su historia a través de las cicatrices, la transformación y la mutación obligada a nuevas formas de ser.  La furia contenida se descarga en el goce sexual, en la pelea contra otros cuerpos; en la rebeldía de un tatuaje entre los senos que cita un libro de Charles Bukowski, “Love is a Dog From Hell”, o en la deformación imparable de un vientre que se expande para humanizarnos junto a las máquinas.

Sobre la furia de esos cuerpos usados como armas en defensa de aquello que los condena a la infelicidad, apunta Titane, segundo film de la realizadora francesa Julia Ducournau (Raw, 2016), ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes 2021. El nuevo trabajo de la realizadora francesa, que ha desatado cierta polémica, se destaca por la solidez narrativa con la que maneja y dosifica lo que oculta y devela al espectador. Y lo hace con la crudeza del realismo sucio que se desprende de una historia de carencias, disfunciones emocionales y violencia, donde el vínculo entre el metal de lo mecánico y el ser humano van más allá de lo esperado.

El efecto del cuerpo intervenido toma lugar cuando una nena pequeña sufre un accidente automovilístico -provocado por una discusión con su padre-, quien manejaba el auto. La solución para salvarle la vida, fue colocarle una placa de titanio en la cabeza. A partir de allí, la fusión carne-metal modificará su esencia. De aquella niña que vimos salir del hospital para abrazar a un auto en vez de a sus padres, pasamos a verla convertida en una sexy bailarina de 32 años llamada Alexia (Aghate Rusbell) que trabaja en un club nocturno para hombres ofreciendo shows de streapers que danzan sobre distintos modelos de autos. El baile de Alexia es una suerte de copulación ardiente con la máquina que enloquece a los presentes y subraya, no sólo el simbolismo fálico del auto sino la relación fetichista que mantiene la protagonista con la máquina. Casi como un guiño a la película Christine (1983) de John Carpenter, el auto la seduce, la llena de placer y la engendra. Del sexo duro, la hostilidad y la introspección de su carácter, la joven rebelde se convierte en una asesina despiadada que mata hombres y mujeres. Mientras la policía investiga los casos sin hallar al culpable, sigue pendiente la búsqueda de un niño llamado Adrien, desaparecido hace diez años. Alexia huye y el destino la cruzará con Vincent (el gran Vincent Lindon) padre del chico y jefe de un escuadrón de bomberos, que no se resigna a perderlo. Ambos, pondrán en juego la desolación y el desafío que comparten.

La película muestra con soltura los cambios de géneros por el que transita la historia. Si el comienzo se construye a modo de un thriller psicológico de ciencia ficción con toques de sadismo y violencia explícita, bajo un ritmo intenso y desafiante desde lo visual, evitando las causas que provocan el carácter irascible de la protagonista; la brutalidad  se irá atenuando a partir del encuentro entre Alexia y Vincent, dando lugar al drama, la búsqueda afectiva y la transferencia que depositarán en el otro. Los cambios físicos y psicológicos en el personaje en Alexia muestran las falencias y necesidades internas que, al mismo tiempo, la deconstruyen. Es visualmente impactante la indefensión y desamparo frente a la evolución de ese embarazo no deseado. El cambio corporal también se manifiesta en Vincent, con una conexión más emocional y vívida en relación al vínculo padre e hijo, pero también con la resistencia al paso del tiempo. La dificultad y el complemento de esa relación entre ambos personajes, nos acerca a una realizadora que hace de lo manifiesto una forma de transmitir lo indecible y lo que sucede sin una lógica.

La mirada de Ducournau se orienta socialmente a condenar el comportamiento sexista del típico macho amante de los fierros que ven en el auto una extensión de su miembro, cosificando a las mujeres como máquinas de recibir y brindar placer. También expone el rol femenino y las actitudes homofóbicas dentro del cuartel de bomberos, a quienes, paradójicamente, los muestra bailando entre ellos en dos escenas muy logradas y distendidas.

Si el humor subyace con sutileza en el relato, lo contrario sucede con la relación y el vínculo asociativo con Crash (1996) una de las grandes películas de David Cronenberg, basada en la novela de J.G. Ballard, al indagar sobre el efecto sexual y erotizante de la piel invadida y penetrada por lo mecánico, en el marco de una realidad en la que parecía difícil encontrar el goce natural junto a otro, y se buscaba el placer en las cicatrices y heridas provocadas en accidentes.

La ruptura y visión con la que se presenta Titane, al crear esos seres atormentados por la realidad que atraviesan y reflejan sus cuerpos entre la piel y el metal, encuentra cierto alivio reparador en un desenlace donde, a expensas de la frialdad y vorágine inicial, se orienta al amor y al afecto para dar lugar al nacimiento de algo que podría responder a la necesidad futura de supervivencia o transformación.

TITANE
Titane. Francia/Bélgica, 2021.
Dirección y guion: Julia Ducournau. Intérpretes: Agathe Rousselle, Vincent Lindon, Garance Marillier, Laïs Salameh, Bertrand Bonello y Dominique Frot. Edición: Jean-Christophe Bouzy. Fotografía: Ruben Impens. Música: Jim Williams. Duración: 108 minutos.

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