"Azor", de Andreas Fontana.

Estreno en salas.

Yvan de Wiel es un banquero suizo que llega a Argentina en 1980, para reconstruir los negocios privados que quedaron abandonados por la extraña partida de su socio. La primera escena deja claro cuál es el contexto del país: la represión militar, el saqueo, el terror y los secretos. Azor cuenta, de un modo austero y asordinado, un aspecto central de la dictadura, cívico, militar y eclesial: aquel espacio oculto de los negocios privados vinculados con los delitos económicos y la corrupción, que marcaron, junto al endeudamiento externo, el nacimiento de un nuevo modelo de especulación financiera y fuga de divisas.

El negocio de la banca privada suiza es llevar dinero, generalmente originado en ingresos no declarados, a Ginebra, para depositarlo en bancos locales. La idea de la confidencialidad es la llave del negocio. Esa garantía de secreto es usado por el realizador para organizar la trama de Azor: nadie dirá demasiado sobre lo que quiere decir. Casi todos los diálogos de la película son vagos, y la realidad se debe reconstruir apenas con unos pocos indicios. La única certeza es la amenaza impuesta por la dictadura.

La tarea del banquero recién llegado a Argentina será aprender a escuchar, a entender no solo un idioma que no es el suyo, sino también a comprender lo que sus interlocutores darán por sobre entendido. Andreas Fontana, director de la película, logra que el espectador esté justamente puesto en el mismo lugar que Yvan de Wiel, y deba reconstruir él mismo los sentidos de cada una de las conversaciones.

René Keys, su socio, abandonó repentinamente los negocios en Buenos Aires, como si algo lo hubiera obligado a huir. Nadie sabe ni por qué, ni cómo, ni cuándo. Ni siquiera dónde está. Eso obligó al formal de Wiel a llegar a la capital argentina para tratar de cerrar algunos contactos pendientes. Esos encuentros con empresarios, abogados encumbrados, diplomáticos, terratenientes y algún obispo, son un modo de contar la situación del país desde la óptica de personas poderosas. En esas citas el realizador trabaja sobre los espacios, los tiempos, los lenguajes, e incluso sobre aquello que une a grupo de clase tradicional, más allá de las fronteras nacionales. La alcurnia del banquero y su estilo, como el de casi todos sus interlocutores, se tensa con los nuevos jugadores del negocio. Las formas tradicionales de generaciones frente a lo nuevo que surge en el marco de la dictadura, que abrió las puertas a la financiación de la economía nacional.

En esa tensión el carismático, irreverente, atrevido y arriesgado Keys resolvía con sus artes aquello que el apocado y formal de Wiel parece no poder resolver. El único contacto que su antecesor no pudo encontrar lleva un nombre en clave: Lázaro. Ese negocio parece ser el más grande, pero también el más amenazante. Fontana construye el recorrido hacia ese encuentro final como un thriller político, aunque alejado de los códigos que abundan en la mayoría de las películas de este género. La amenaza se instala desde la primera escena y, salvo un personaje, la mayoría se expresa cuidándose de no decir nada que pudiera dejar evidencia alguna. El clima, sin embargo, es de salones amplios, gestos gentiles, cordialidad y relaciones generalmente diplomáticas. El protagonista mira y escucha, trata de desentrañar, habla poco. Lejos del lenguaje simple del negocio del dinero, la ilegalidad de los negocios aquí entrama otras ilegalidades más subterráneas, menos imaginables. No habrá que decir demasiado, no hay que tirar un tiro, ni mostrar una sesión de tortura para que todo eso aparezca. Ese es un gran mérito del realizador.

El trabajo sobre el tiempo y el espacio aportan a la construcción de la sospecha. Siempre hay un lugar oculto, alguien que espera más allá de lo que se ve, siempre hay un más tarde, un después y un otro encuentro. Con eso Fontana también muestra la mirada del foráneo, ya que de Wiel es siempre el extraño, el ajeno. Con esa impronta el banquero se mueve para hacer negocios en la Argentina amenazante e incierta de la dictadura, como un río oscuro en plena noche.

AZOR
Azor. Suiza, Francia y Argentina, 2021.
Guion y dirección: Andreas Fontana. Interpretes: Fabrizio Rongione, Stéphanie Cleau, Pablo Torres, Ellie Medeiros, Agustina Muñoz.Duración: 100 minutos.

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