Existen tantas clases de peronismos como argentinos habitan en estas tierras. Lo dijo Perón en una entrevista a un periodista español pero los que más lo dicen hoy son sus adversarios, los que lo niegan, los que lo demonizan, los que lo proscribieron 18 años, los que con su odio le dan entidad.

El primer peronismo fue dionisíaco, fanático, fue nuestra tierra del nunca jamás, fue tanático y fue extremo. Tuvo líderes y apóstoles, tuvo un líder pero también su reina, su hada madrina, abanderada de los humildes y su mártir. Evita era el motor de ese movimiento pero se fue antes de tiempo dejando un montón de interrogantes sobre lo que hubiera pasado si en lugar de entrar en la inmortalidad hubiera vivido para repartir armas a sus descamisados y empujando a sus grasitas a que impidieran el golpe brutal del 55.

Si ella estaba, se puede conjeturar, no se hubiera bombardeado la Plaza de Mayo con civiles disfrutando de ese espacio icónico, madres con sus bebés, jubilados charlando al sol, turistas en su primera en la plaza por primera vez. La violencia cuando se ejerce desde la derecha más reaccionaria bombardea plazas y hace campañas del desierto. Sus cagatintas a sueldo nos esconden a los civiles destrozados por los aviones con la leyenda «Cristo Vence» y no nos dicen que el ejército financiado por estancieros y al mando de Roca hizo una campaña sobre un desierto lleno de naturales del lugar, dueños de esas tierras.

De todas las figuras de aquel peronismo de juguete sobre el que alguna vez escribió Osvaldo Soriano y que el artista plástico Santoro cuenta tan acertadamente, la figura más trágica después de Evita fue sin dudas Fanny Navarro. Y no es que el régimen del “Tirano Prófugo” (ni decir su nombre permitieron los fusiladores) no tuviera estrellas y correveidiles en la perfumada colonia artística, es solo que cuando llegó el momento muchos se hicieron los giles y en muchos casos, se borraron para que la gente se olvide de ellos. Pero no todos.

Discépolo, el letal Mordisquito que atacaba por radio a los contreras, murió antes que Evita y lo hizo destrozado por el odio de los opositores que lo ralearon de los ambientes que solía frecuentar; Hugo del Carril se tuvo que ir, Muiño murió luego de un tiempo de ir preso por peronista. Pero Fanny Navarro siguió viviendo. La amiga de Eva Perón, su alumna, su reclutadora en el mundo artístico no tuvo la suerte de morir a tiempo, ella vio los fusilamientos de junio del 56, ella mendigó por trabajo, ella soportó que le echarán en cara haber sido fanática del movimiento como si se pudiera ser otra cosa una vez que una escucha ese llamado. Fanny fue además la amante de Juan Duarte, el hermano calavera de Evita, que cargó con las acusaciones de todos los negociados de la época y terminó suicidado. Cuando eso pasó, el propio movimiento vía ejecución sumaria de «El Chancho Apold», dejó a Fanny desguarnecida.

A esa Fanny, descarnada y en llamas le rinde culto Fanny Camina, opera prima de Alfredo Arias e Ignacio Masllorens. Lo que hacen ambos junto a su grupo de trabajo es una especie de monumento cinematográfico a la mítica actriz, con un trabajo exquisito de sonido y de tratamiento de imagen, pero usándola como vehículo para hablar de la Argentina en la que Alfredo Arias fue un niño peronista y suponemos que recibió los beneficios que los mocosos argentinos disfrutaron en el país de Perón, por aquello de que “Los únicos privilegiados…”.
Y allí están todos esos discursos enardecidos y la verba inflamada de la época. La película se construye son viñetas de una Fanny que camina por la Buenos Aires de hoy, donde los templos cinematográficos donde ella brilló ya no existen o están desapareciendo. Es un fantasma que se cruza con otros y trata de entender.

En la película de Arias y Masllorens conviven aquella Argentina pujante e inocente de Evita y de Perón, con el mundo del radioteatro y del melodrama desatado.

Cuando terminó la función, una espectadora calificó al relato como de almodovariano, pero no, en todo caso Almodóvar absorbió ese melodrama de las películas de Dougral Sirk y de los libros de Manuel Puig. Todo eso y mucho más palpita en Fanny camina, que va por un personaje que lo tuvo todo, murió en soledad y en sus últimos días andaba en colectivo sin que nadie la reconociera, como una especie de José María Gatica femenina.

FANNY CAMINA
De Alfredo Arias e Ignacio Masllorens (Argentina, 2021. 82 minutos)

BAFICI 2022 – Competencia Internacional

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