En pocos planos, con un manejo preciso de qué contar y cómo hacerlo, Cabezas presenta la situación inicial: una casa de clase media baja, descuidada, el amanecer familiar, una pareja que se trata con cariño en los momentos previos a partir al trabajo y la escuela, y una llamada que Carla, la mujer, no quiere atender. Lo que cuenta La taza rota es cómo conductas machistas, silenciosas y sin violencia física, son psíquica y familiarmente tan demoledoras como otras más explícitas.

Quien llama es Rodrigo, su ex pareja y padre de su hijo. El hombre que acaba de salir es su actual pareja. Cuando Carla atiende ante tanta insistencia, Rodrigo comienza con una operación de manipulación que escala hacia lo que será la trama de la película: la del hombre que, negando que la relación entre ambos terminó y que esa casa ni esa mujer son suyos, invade e impone su presencia y su deseo a Carla y el entorno familiar; y como utiliza a su hijo en esa operación. Rodrigo actúa sobre Carla porque carece de toda empatía con el deseo del ella. Así logra entrar a la casa y quedarse con su hijo por unos minutos, aunque no es ni el horario ni el lugar convenidos. Esos minutos se irán de a poco prolongando.

Con una operación cinematográfica sencilla Cabezas desplaza la mirada de Carla al espectador. Así logra que establezca con ella esa relación empática de la que Rodrigo carece. Lo que hará Rodrigo en la casa genera entonces tensión dramática, más allá de la simpleza aparente de sus actos. Avanza sobre la intimidad familiar porque está convencido que esa es su casa, esa es su familia y Carla es su mujer. Y aunque la película carece de toda violencia física o verbal, la opresión está en la imposición de su deseo sobre su ex pareja, la manipulación del amor de su hijo en favor de sus accionar y, como todo hombre de perfil psicopático, el impulso de los hechos a partir de su interés egoísta.

La casa tiene en la película un rol central. Todo ocurre allí como en un escenario. Allí se expresa el dominio territorial de Rodrigo sobre Carla y la familia, en una suerte de encerrona silenciosa. En la invasión a esa intimidad aparece una simbólica violación sexual. Pero también es el bien de intercambio. Rodrigo afirma que la casa es suya y que se la cedió a Carla para que viva con el hijo de ambos, pero no con su nueva pareja. Por lo tanto él tiene derecho a instalarse allí para vivir con su hijo. Como considera que esa premisa ha sido rota, aunque no es parte de los acuerdos, asume que puede recuperar todo lo que considera suyo, entre lo que está también la vida de su ex pareja, a quien, de un modo u otro, siente que le corresponde poseer.

LA TAZA ROTA
De Esteban Cabezas (Chile, 2021, 82 minutos)

BAFICI 2022 – Familias

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