Marina vive en un mundo idílico y monstruoso. En un Brasil que no es pero que se parece mucho al Brasil actual, la protagonista de Medusa pertenece a una organización religiosa conservadora liderada por un  carismático pastor evangelico. En la iglesia forma parte de una división de jóvenes mujeres que se ocupan de tareas como la oración y el adoctrinamiento, y también de actividades artísticas tales como la performance de números musicales de inspiración divina que las chicas cantan en grupo con su más angelical sonrisa. Durante la noche se ocupan de tareas menos solidarias, como una suerte de hooligans de la moral que salen enmascaradas a las calles a asaltar a mujeres presuntamente pecadoras para obligarlas, paliza mediante, a admitir su condición y filmarlas con un celular.

Marina no ve, al menos al principio, ninguna contradicción moral en esto. Por el contrario, se considera parte de una cruzada contra un país cada vez más decadente al que aspiran a transformar y ve su pertenencia al grupo como un incuestionable regalo del cielo. Pero en una de esas partidas de caza recibe una herida en el rostro que la pone en un lugar poco amable para un grupo donde, como predica, una buena imagen lo es todo. En medio de una debacle emocional se postula para una misión en parte con la idea de recobrar un lugar que cree haber perdido. Para ello consigue un empleo como enfermera en una apartada y fantasmal clínica de pacientes en coma. Pero las cosas nunca salen como están planeadas y en su investigación la protagonista se encontrará no solo con el fantasma que busca y teme, sino con un cuestionamiento de todo lo que cree.

En su segundo largometraje la realizadora brasileña  Anita Rocha da Silveira entrega un film abiertamente político que apunta directamente a la actualidad de su país. Los paralelos están ahí, empezando por  la inclusión de un pastor evangelìco que quiere hacer una carrera política y construir poder, en clara alusión al papel que los grupos evangelistas tuvieron en la elección y luego en el sostén del gobierno de Bolsonaro. En el film, este grupo de pertenencia rígida y hostil (para fuera y para dentro) tiene bien en claro los roles y las jerarquías, que deben ser como Dios manda, sobre todo en los jóvenes. A los varones los entrenan como grupo de choque para reprimir en las calles, a las mujeres como futuras esposas complacientes. La realizadora  aquí se planta desde una clara reivindicación femenista, que también se puede pensar en desafío a la guerra que el presidente brasileño emprendió contra lo que ha llamado “la ideología de género”

A un estado de las cosas como el presente, Rocha da Silveira responde con un contraataque corrosivo en el que se vale de las armas del cine de género, del humor y de la reivindicación de lo dionisiaco. En Medusa conviven por un lado el terror y los climas oscuros y alucinatorios que tienen a John Carpenter como guía, desde los sintetizadores de la banda sonora a la inspiración de usar el género para expresar una posición política. Y por otro lado, a la gravedad de lo que denuncia la realizadora antepone un espíritu pop donde están presentes la sátira social, con un desopilante uso de las redes sociales como glamoroso medio de propaganda, y hasta el musical más camp. Un film radical que hace una reivindicación del derecho a la fiesta y sugiere que a pesar de todo el goce siempre resiste.

MEDUSA
De Anita Rocha da Silveira (Brasil, 2021. 127 minutos)

BAFICI 2022 – Vanguardia y Género

Compartir