La nueva película del cineasta boliviano Kiro Russo establece una continuidad con su magnífica ópera prima, Viejo calavera, pero es una película autónoma y de gran fortaleza constructiva. El título trae una doble referencia: al movimiento continuo y masivo del pueblo boliviano en las calles de La Paz, y a lo puramente cinético, aquello que está en el origen del cine. “El gran movimiento” no es una producción audiovisual, como ahora solemos decir para incluir los distintos formatos y plataformas, es cine en su más potente expresión. Por lo tanto merece ser visto en una sala con las mejores condiciones de proyección.

Comienza con una gran secuencia en la que a través de distintos elementos cuenta a la ciudad: grandes planos que construyen un mapa, planos más cortos que acercan el territorio, movimientos y sonidos mecánicos, voces, desplazamientos de personas y silencios de cables indescifrables que atraviesan el cielo urbano. Desde el inicio elementos y situaciones simultáneas y superpuestas entran en juego para presentar universo poético que nos propone Russo. Para ello el minucioso trabajo técnico tanto en la decisión plástica, como a través del montaje y el trabajo sonoro -que no son meros globos de colores cual inútiles recursos de plataformas- es central. Una ciudad es un espacio vital, y para lograr introducir al espectador en el mismo, Russo apela a todos los recursos con perfección. Así, en pocos minutos, estamos allí instalados, en los casi 4000 mts de altura de La Paz.

Luego de la secuencia inicial reaparece Elder Mamani (Julio César Ticona), personaje central de Viejo Calavera. Aquí, en un juego de dobles, Mamani, y no Ticona, es el actor famoso de aquella película, y es entrevistado por ser parte de una marcha de mineros que caminó durante siete días desde las minas de Huanuni hasta La Paz. Mamani arrastra problemas respiratorios propio del trabajo en las minas (que ya estaba presente en la primera película) y en esos pulmones puede depositarse tanto los residuos del carbón como los efectos de la altura, la covid-19 o una presencia demoníaca en su cuerpo. Estas opciones son todas posibles al mismo tiempo, porque distintas miradas proponen diagnósticos diferentes.

Russo cuenta  la vida en La Paz como una sinfonía, y en ella suenan voces, imaginarios culturales, formas de ganarse la vida y miradas del mundo bien diferentes. Lo hacen simultáneamente y sin disonancias.

La enfermedad de Elder es una expresión más del desencuentro de los deseos y lo real en la modernidad boliviana. Como en su anterior película, Russo construye un sistema de representación documental, y a través de los recursos sonoros (especialmente) y visuales ilumina en la oscuridad. Es dueño de cine profundamente moderno, en el que toma recursos que incluso recuerdan a los años ’20 del siglo pasado, del modelo Vertoviano de planificación y montaje o de Berlín, sinfonía de una ciudad, para oponer el viejo sueño industrial, autónomo y progresista, con lo que resultó del régimen de explotación minera boliviana.

Ese sueño industrial y ese modelo tradicional de intercambio y producción se sintetizan en la conversación entre la abuela de Elder y el médico que lo atiende. Entre la posesión diabólica y el diagnóstico basado en evidencia. La síntesis está en el ruido, amplificado cual máquina de producción fabril, del radiógrafo electromecánico, signo de una modernidad atrapada en el pasado.

A diferencia de otras experiencias que, como la de Walter Ruttmann, contaron ciudades y modernización capitalista en un registro documental sinfónico, Kiro Russo lo hace a partir de las personas en el espacio y no fundado en la geometría arquitectónica. Eso le da una dimensión política a El gran movimiento, que permite que aparezcan los problemas propios de los trabajadores, sus familias y de la pobreza inmisericordiosa en la que viven, pero también el lugar de las mujeres en la base de la alimentación popular y la distancia cultural entre las generaciones.

(Nota: muchos diálogos entre los protagonistas no siempre son intelegibles, recomiendo no dedicar a esto toda la atención como espectador, porque lo importante es la construcción total de la película y no una estructuración narrativa a partir de situaciones. Ese esfuerzo de comprensión de las palabras puede hacer que se pierdan de vista la totalidad de la obra).

EL GRAN MOVIMIENTO
De Kiro Russo (Bolivia, 2021, 85 minutos)

BAFICI 2022 – Competencia Internacional

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