La acción transcurre en Zurich, Suiza. Pero bien podría pasar en cualquier lado. Gabriel es un joven de unos 20 años que quiere hacer cosas de joven: andar en skate, salir de parranda con su mejor amigo Joel, y cometer algunos actos temerarios solo para sentirse vivo. El problema es que Gabriel tiene un pequeño hijo del que hacerse cargo. Y tiene además que hacerlo solo, ya que la madre del niño, víctima de una suerte de depresión crónica, no puede cuidar a la criatura y tampoco demuestra mucho interés al respecto. Apenas la madre de ella, una conocida presentadora de noticiero, lo asiste con algo de dinero, pero sin mucho compromiso. Tampoco puede contar con sus propios padres, perdidos en diferentes lugares. Gabriel tiene que cuidar a su hijo y está por su cuenta. Y si bien es claro que ama al niño y se preocupa por él, la tarea es pesada, a lo cual se agrega el llamado seductor de una vida más aventurera. En medio de ese panorama, Gabriel se enamora locamente de Corey, la misteriosa y distante novia de Joel, y esta de algún modo le corresponde, con lo cual la situación se vuelve progresivamente insostenible.

La historia planteada en Soul of a Beast es bastante simple, una suerte de melodrama juvenil con triángulo amoroso. Pero el tema acá es la forma, y es ahí donde el realizador suizo Lorenz Merz apunta todos sus cañones. Lorenz declaró al presentar la película que aspira a que el espectador encare el film como una experiencia física y es por eso que dispara una incesante batería de recursos visuales y sonoros para inundar los sentidos, aún si no están del todo justificados por lo que se está contando. El resultado es estéticamente seductor y hasta embriagador por momentos, si uno no se preocupa demasiado por que en gran parte es arbitrario y gratuito y muchos elementos están ahí simplemente porque se ven bien. 

La vida de Gabriel es caótica y el triángulo en que se mete la hace aún más caótica. Para Lorenz esto también debe tener un correlato exterior. La ciudad en que todo transcurre, que sabemos que es Zurich pero está deliberadamente presentada de manera neutra, está sumergida en un verano agobiante y hay también una suerte de sentimiento apocalíptico, de catástrofe inminente, una tensión apunto de estallar que en determinado momento efectivamente lo hará. Unos animales se  escapan del zoológico y andan rondando la ciudad, quizás como metáfora de una vida salvaje que pugna por salir, quizás simplemente porque le dan al relato un aire de exotismo. Hay un despliegue visual que remite un poco al Wong Kar-Wai de los años 90, de películas como Chungking Express o Fallen Angels: Montaje ultra picado, cámara en mano, lente deformantes, imágenes ralentizadas, idas y vueltas en la narración. Una de las escenas visualmente más atractivas es la que transcurre en el zoológico mientras el trío protagónico está hasta las narices de mescalina y las deformaciones de lente y de sonido dan cuenta del estado mental de los personajes.

Lorenz trata de darle al relato un aura de misterio y por ello incluye una voz en off en japonés que presenta la odisea del protagonista como una especie de camino del héroe. Una secuencia cerca del final, con Gabriel cargando una katana en la espalda y a su hijo al hombro, parece un guiño a El lobo solitario y su cachorro. El realizador viste y reviste a su historia con una puesta estilizada que en algún momento cae en el puro manierismo. Esto no es necesariamente un problema, cuando se trata simplemente de entregarse al puro deleite formal (y en varios momentos esa propuesta funciona), si no fuera porque, a medida que avanza, el film se toma cada vez más en serio a sí mismo y cae víctima de una solemnidad que la historia no pide ni necesita.

SOUL OF A BEAST
De Lorenz Merz (Suiza, 2021. 110 minutos)

BAFICI 2022 – Vanguardia y Género

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