EAMI es una obra maestra. Los juicios de valor son pura subjetividad y solo el tiempo y los consensos dirán si esta consideración personal es compartida. Sin embargo si una artista como Paz Encina toma el riesgo que asumió en esta obra, tal vez merezca que nosotros –espectadores (in)pasivos- también asumamos el riesgo del maximalismo de un calificativo efusivo.

Desde el plano-secuencia inicial, que resume la trama de la película, la realizadora construye un relato sobre la historia de la humanidad desde la perspectiva de la creación del mundo. Allí narra que lo animal/humano surgió del viento, de lo universal previo a toda idea de particularidades, y qué fue un habitante de la naturaleza “con forma de mujer” quien creó el mundo. Pero esa mujer ha sido también el hombre que ha sido el fuego, un fuego tal vez igual y diferente al que retornará para expulsarlos del monte.

La idea de la naturaleza como totalidad y las individualidades como formas que adquiere la misma, trae la cosmovisión que, en EAMI permite comprender de un modo integral la explotación de la naturaleza y sus habitantes a lo largo de los siglos. Y nos permite pensar el capitalismo como forma histórica de la degradación de ese universo original.

Ese tiempo de siglos contado en el plano-secuencia, un plano fijo donde el paso del tiempo es contado a través del uso del sonido y la luz, nos dispara a un presente indefinido. La incerteza del tiempo en el que se ubican los relatos que corren en paralelo, el de la niña huyendo del bosque y del secuestro y sometimiento de las y los indígenas en la chacra, es también una manera de darle más una referencia de época, de tiempo del mundo y de la economía, más que fecharlo con precisión.

La historia que relata con profundidad poética EAMI es la del territorio ancestral ayoreo, que ocupó cerca de 20 millones de hectáreas de bosques vírgenes en el Chaco paraguayo, y desde hace décadas está siendo arrasado. El bosque es un universo, es un lugar donde los ayoreos totobiegosode tienen su vida, donde constituyen un espacio vital, se alimentan, construyen cultura y comunidad. Sin embargo hace años los incendios intencionales producidos por quienes quieren sembrar soja o criar ganado, están destruyéndolo. “No queremos ser peones en las estancias y vivir en campos de concentración”, declaraba hace unos años Tagüide Picanerai, uno de los voceros de la comunidad, quien además pone su voz para interpretar la palabra del viento en EAMI.

Eami es el nombre de la niña que debe huir del bosque antes de morir en un incendio, pero significa también bosque y significa mundo. La cosmovisión que Encina trae de los ayoreos, que no producen sentido individualizado y atomizado sino universal, sirve como herramienta de comprensión del presente de la desigualdad, la violencia, la crisis ambiental y humanitaria. Viendo la película se hace evidente que se requiere de explicaciones que puedan pensar el tiempo sin fragmentarlo y analizar el presente como parte de ese tiempo unitario. Lo que cuenta es historia más que noticia. La película es telescópica y no microscópica.

La mujer religiosa y sus capataces violentos y los que incendian el monte –el mundo- son los coñone, «los que no entienden el mundo» en idioma ayoreo, son los extraños que no viven cuidando el bosque / mundo. En esa mujer religiosa, y el violento sistema de apropiación de la tierra y esclavización de los indígenas ayoreo gracias al que acumula capital, Paz Encina cuenta el reverso perverso del clásico de la sociología europea “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” de Max Weber. No hay acumulación basada en la austeridad, hay expropiación de tierra, cultura, cuerpo y comunidad. El capitalismo extensivo latinoamericano está expuesto en un conjunto de procedimientos que aun hoy, en pleno siglo XXI sigue vigente.

La poesía sirve a develar muchas veces lo que los otros discursos ocultan. EAMI asume ese lenguaje poético con maestría.

EAMI
de Paz Encina (Paraguay, 2022, 85 minutos)

BAFICI 2022 – Vanguardia y Género

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