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El asesinato de José Luis Cabezas, reportero gráfico de la revista Noticias, fue un hecho que sigue siendo clave para comprender los años ’90 y el auge del neoliberalismo menemista. El 25 de enero de 1997 Cabezas fue hallado calcinado dentro de su vehículo, en un descampado a pocos kilómetros de Pinamar. Esa era por entonces la ciudad balnearia donde políticos, empresarios poderosos y gran parte de la farándula nativa veraneaban y consumían lujosamente y de manera pública, construyendo un imaginario de bienestar colectivo, como si Argentina y su población hubieran accedido a estadios de riqueza propios de principados o sultanatos. Lo que allí brillaba impedía ver las zonas oscuras de esa trama. La muerte de Cabezas fue tan dolorosa socialmente como potente para iluminar aquello que se ocultaba.

El telefilm de Hartmann tiene un gran trabajo de (re)construcción de esa historia, basado en el uso de gran cantidad de material de archivo, pero por sobre todo en el entrelazado del mismo con los testimonios recogidos en el presente. Los testigos, sus amigos y compañeros tanto como abogados o responsables judiciales, dialogan con ese material –incluso con sus propios dichos 25 años atrás- a través de una edición que integra dos presentes en uno solo: el presente del tiempo del asesinato y el posterior juicio junto al presente de los testimonios de aquellos protagonistas en la actualidad constituyen un solo tiempo, un relato unificado. Así se hace evidente el sentido histórico de este asesinato.

El relato comienza en la cava del partido de General Madariaga en donde se halló su cadáver, y pone en escena la inmediata tensión expresada en el más alto nivel de gobierno: el enfrentamiento entre el entonces presidente Carlos Menem y su antiguo socio, y aspirante a sucederlo, Eduardo Duhalde (asiduo visitante de Pinamar y gobernador de la provincia de Buenos Aires en esos años). En ese marco se construye una pista falsa y hay detenciones en consecuencia, lo que muestra el interés del presidente por desviar la atención de los verdaderos asesinos. Estos fueron un grupo de barras bravas de La Plata contratados por un policía de Pinamar y el jefe de la custodia del empresario Alfredo Yabrán. La hipótesis que propone esta producción, y que tuvo la sociedad en general, es que fue él el autor ideológico del asesinato de Cabezas. Las causas que llevaron al crimen pueden ser múltiples, como interesante es comprender porque el gobierno nacional estaba empeñado en proteger al empresario hasta entonces desconocido.

Seguramente para quienes vivimos ese tiempo y seguimos la información, no hay elementos novedosos. En lo formal puede achacarse a la propuesta mantener esa mirada fría, acartonada, incluso puntuada por una música melodramática e insulsa, que propone constantemente la plataforma para sus producciones. Incluso se puede afirmar que elude profundizar en algo que hubiera sido muy sencillo poner en evidencia: Yabrán no era un empresario que tenía prácticas cuasi mafiosas relacionado con el gobierno menemista en solitario, sino que era parte del sistema en que se  instaló el modelo neoliberal concentrado en Argentina. Aquel en el que las privatizaciones y los negocios con el Estado fueron parte de un régimen y no una cuestión particular.

Pinamar era el lugar del país donde eso se expresaba con “glamour” y era portada de revistas. Dos de esas portadas, que mostraban el lado B de las fiestas, fueron tomadas por José Luis Cabezas. Eso le costó la vida y sin dudas vale la pena recordarlo hoy. Porque no hay liberalismo en Argentina sin negocios corruptos y mafias empresarias impunes. Eso que Cabezas, con su fotos y su trágica muerte nos hizo ver dolorosamente.

EL FOTÓGRAFO Y EL CARTERO: EL CRIMEN DE CABEZAS 
El fotógrafo y el cartero: El crimen de Cabezas. Argentina, 2022.
Dirección: Alejandro Hartmann. Guion: Tatiana Mereñuk, Gabriel Bobillo y Alejandro Hartmann. Fotografía: Alejandra Martín. Edición: Santiago Parysow. Diseño de arte: Mariela Rípodas y Catalina Oliva. Sonido: Martín Grignaschi. Música: Leo Sujatovich. Producción: Vanessa Ragone (Haddock Films). Producción ejecutiva: Vanessa Ragone, Mariela Besuievsky y Alejandro Hartmann. Duración: 105 minutos.

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