Un robo y los días de una solitaria trabajadora en una imprenta, son los ejes de la nueva película de César González, Reloj soledad, un retrato íntimo y a la vez abarcativo del desamparo y de la falta de oportunidades para muchos jóvenes en el Conurbano bonaerense.

El filme, que se estrena hoy y podrá verse todos los jueves de junio a las 20 en el Centro Cultural de la Cooperación (CCC), está protagonizado por la actriz Nadine Cifre, que además escribió el guion con González, un director, escritor y poeta también conocido por su antiguo seudónimo Camilo Blajaquis -que estuvo preso en la adolescencia y fue víctima del gatillo fácil-, que viene construyendo una sólida narrativa con películas como Diagnóstico esperanza (2013), Atenas (2019) y Castillo y sol (2020).

«Fuimos encontrando junto a Nadine (Cifre) la idea para el guion, desde un principio tuvimos la imagen de un conflicto entre trabajadoras en el contexto de una fábrica en pandemia», explica el realizador oriundo del partido bonaerense de Morón y agrega, «su trabajo actoral en la película es descomunal».

Reloj, soledad toma un breve período de la vida de una empleada de limpieza (Cifre), con una existencia tan monótona como humilde, que mantiene una relación tensa con su madre (Érica Rivas), cumple con su trabajo, esquiva algún intento de acoso y diariamente recorre calles con poca luz, una vida sin estímulos ni esperanza, hasta que decide robar del escritorio del dueño de la fábrica (Edgardo Castro), su costoso reloj, que encaminará el relato hacia la tragedia.

¿Cómo fue el trabajo con Nadine Cifre, primero en la escritura del guion y luego con ella como protagonista de la película?
De mucha reciprocidad. Fuimos encontrando junto a Nadine la idea para el guion, desde un principio tuvimos la imagen de un conflicto entre trabajadoras en el contexto de una fábrica en pandemia. Su trabajo actoral en la película es descomunal, pero además aportó casi en todos los frentes, tanto en lo previo durante y lo posterior con la misma entrega.

La puesta tiene una cámara si se quiere muy presente, que pone en el mismo plano a personajes y objetos. ¿Esta manera de contar la historia fue deliberada, querías equiparar a las personas y las cosas como partes de los engranajes necesarios del proceso de producción?
No, no busqué equiparar objetos y personas. Pero sí que la cámara sea nihilista, que acompañe esa emoción ascética de su personaje principal. A su vez quería que una vez que ella salga de la fábrica siga aún sumergida en los ecos de la jornada laboral, que siga escuchando los ruidos de las maquinas, que siga un poco atormentada por la rutina.

Un aspecto destacable de la película es el sonido, un elemento más para acentuar el contexto hostil en donde se desarrolla la historia. ¿Cuál fue la premisa para el trabajo en ese aspecto?
Creo que hay una simpatía natural entre los sintetizadores y el cine. En varias de mis películas anteriores vengo trabajando la experimentación en el plano sonoro, buscando música más atonal o construcciones de varias capas de sonido, tratando de resistir a la lógica de que el sonido en una película debe subordinarse a la imagen o que para musicalizar hay que usar géneros conocidos. Para esta película trabajé con Julio Rodríguez, un amigo que ya había hecho la música en «Lluvia de jaulas» y que es oriundo de una zona popular del sur de la ciudad, el Barrio Carrillo. También aportaron lo suyo nada menos que Tomás Nochteff y Carmén Burguess de Mueran Humanos, una de las bandas de excelencia del panorama contemporáneo que está radicada en Berlín.

El relato deja bien en claro el «privilegio» de la protagonista de contar con un trabajo en blanco. ¿Crees que era imprescindible que esta condición sea explicita para demostrar que aun así las condiciones de vida son miserables para los trabajadores?
Sí, la película intenta reflejar como en la lucha de clases solo existe una clase que lucha, al menos en términos físicos, y es la clase más baja de la pirámide social. Pero esa lucha no es contra las otras clases sino contra consigo misma y en beneficio de las clases que están arriba. «Reloj, soledad» reflexiona sobre cómo ocupan el tiempo las diferentes clases sociales y sobre quién tiene la capacidad de apropiarse del tiempo de los demás. A su vez se detiene y reposa sobre aquello que en la mayoría de las películas solo son breves descripciones, es decir, mostrar la rutina laboral en todo su peso y hastío. También quería mostrar la paradoja de que, si bien la protagonista pareciera sufrir la alienación del trabajo, ese trabajo no es para nada fácil de conseguir y mucho menos, como bien señalás, «en blanco».

Publicado originalmente por el autor en Télam.

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