Con el narcotráfico como un generador inagotable de violencia, crueldad, atraso y de una degradación que aparentemente no tiene fin, la película Manto de gemas de Natalia López Gallardo, es un crudo relato de un país quebrado por las mafias de las drogas.

El relato está centrado en tres mujeres de distinto origen que confluyen en una región del México rural, cuyas vidas y las de su entorno se ven afectadas por una sociedad atravesada por la industria de la delincuencia sostenida por las drogas, en donde la cotidianidad incluye secuestros, desapariciones, asesinatos y un trágico horizonte sin futuro.
«Me movió a comenzar esta película fue el hecho de haber observado en los últimos 10 o 15 años una degradación social a mi alrededor», cuenta sobre el origen del proyecto la realizadora.
La opera prima de la directora de origen boliviano residente en México, coproducción entre México y Argentina, ganó el Oso de Plata del Jurado en la 72da. edición de la Berlinale en febrero de este año, mañana llega a los cines de la Argentina.

¿Cuál fue el motivo para contar para su primera película una historia que gira en torno al narcotráfico?
Realmente lo que me movió a comenzar esta película fue el hecho de haber observado en los últimos 10 o 15 años una degradación social a mi alrededor, vivo en el campo hace 14 años y lo que percibí es el miedo, la falta de futuro en común y una ruptura de los valores y de las prácticas de la comunidad.
México tiene muchas caras, es un país muy complejo y esta problemática no se reduce al narcotráfico, es una tragedia de muchas dimensiones que tiene raíces en lo social, en lo económico, en lo psicológico, en lo espiritual y en lo histórico. No es fácil de describir, es un país plagado de violencia, feminicidios, fosas comunes, desmembramientos y secuestros, además del narcotráfico.
Es difícil no hablar sobre esto, es una tragedia brutal que está empapando todo, como si fuera una gotera en las paredes de una casa que en algún momento se van a caer.
Yo no quería hacer una película sobre el narcotráfico, lo que me empezó a mover durante la investigación la lectura y la plática con personas del estado en donde yo vivo fue darme cuenta que todos compartíamos una especie de herida, que obviamente en ciertos grupos es una herida gigantesca y se manifiesta en todos en el espíritu, con un futuro en donde hay que salvar el pellejo individual sea como sea.
Las mujeres son las protagonistas del relato, como si solo ellas pudieran cargar con el dolor y tener la fuerza para cambiar el estado de las cosas. ¿Esa es su percepción, esta hipótesis se inscribe en lo que querías resaltar?
Ahora que se estrena la película, me di cuenta que el motor de «Manto de gemas» fueron las entrevistas que tuve con las madres con hijos desaparecidos. En ese sentido, una vez en Berlín una periodista me contó que había un libro que nombraba a cada país con un verbo, por ejemplo, me dijo que a Alemania el autor le asignaba «obedecer», mientras que para México el verbo era «aguantar». Justamente, cuando entrevisté a estas madres que buscaban a sus hijos, me di cuenta de ese aguante infinito, me impactó su capacidad y su estoicismo ante esta búsqueda donde no hay respuestas. Y me sentí de alguna manera culpable por no sentir, ni mínimamente, la cantidad de dolor que ellas sentían, pero sí comparto la herida como todos los mexicanos y mexicanas.
Y sí, noté que es una característica de las madres es la capacidad de cargar dolor y aguante parecía infinito en ellas.
«Manto de gemas» casi no deja lugar al fuera de campo, como si el narcotráfico y la violencia fuera el único horizonte posible en la región e incluso en México. ¿Esa es la radiografía actual?
Creo que es un tema que no podemos evadir, que está y se ha expandido a infinitas dimensiones causando la degradación en el tejido de todas las comunidades está causando miedo, ruptura de valores, desesperanza y un dolor que creo que va a quedarse con nosotros por muchas generaciones.
Pero también la realidad de México es esperanzadora, en un país donde parece que la vocación primordial es la bondad y la solidaridad, es un país de mucha abundancia y mucha complejidad, en donde nada parece ser lo que es.
Siento que el fuera de campo está planteado con mucha fuerza en la película, porque habla de una realidad que no es unívoca, que no es fácil de descifrar. En la película uno ve algo y escucha otra cosa, para mí el sonido es el demiurgo de la experiencia cinematográfica para mí y está hablando de que la realidad tiene un nivel de ambigüedad profundo.
La puesta retrata la cotidianidad, en donde aparentemente conviven sin contradicción las rutinas del interior rural y la delincuencia que todos toleran por miedo o desidia a las mafias del narcotráfico. ¿Esta «normalidad» distorsionada estaba desde el principio en el proyecto?
Si uno filma en México de una manera honesta, van a emerger muchas cosas. Por ejemplo, es una película que no que no trata temáticamente el problema de clases pero ahí están y así hay muchos otros temas. Por otro lado vivimos en una época de un consumo de material audiovisual, tenemos una fascinación por la narrativa y estamos entrenados a ver.
Yo no creo que el objetivo del cine sea contar historias, creo que está más cerca de vivir una experiencia y la realidad tiene muchas capas al igual que las personas.

Publicado originalmente por el autor en Télam.

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