Ignacio Ceroi trabaja en Qué será del verano sobre videos encontrados en una vieja cámara comprada a un jubilado francés, con los que el realizador argentino desarrolla un filme de aventuras a partir de la relación que establece con el autor de esas viejas imágenes dejadas por descuido.

El found footage es una técnica narrativa que se desarrolla a partir de «material encontrado» -en contraposición a las tomadas para un fin específico-, que pueden ser archivos de cualquier tipo, incluyendo películas caseras.

Justamente, Qué será del verano, que se estrena este jueves 21 de julio en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro General San Martín del centro porteño, Ceroi cuenta que encontró videos de un anciano, con el que se pone en contacto para que le cuente el contexto de las imágenes, a los que el director agregó tomas propias.

«Fue un trabajo arduo encontrar videos que tuvieran cierta afinidad estética con aquellos realmente filmados por nuestro personaje, Charles», cuenta el director.

«En el primer intercambio de mensajes que tuve con Charles, descubrí que allí radicaba el dispositivo narrativo de la película, debía apoyarme en ese procedimiento y que el relato se fuese desprendiendo de esas cartas», explica Ceroi sobre el eje de la película que tendrá solo siete proyecciones: del 21 al 24 y del 26 al 28 de julio en la Sala Lugones.

¿Definir a «Qué será del verano» como un documental «found footage» te parece correcto? Porque la película se asienta en los materiales encontrados, pero con el desarrollo del relato, se podría especular sobre la verosimilitud.
En principio la película sí podría explicarse como un documental «found footage» porque se apoya en el material encontrado dentro de una cámara. Luego se fueron buscando otros materiales, en otros archivos por fuera para complementar. Fue un trabajo arduo encontrar videos que tuvieran cierta afinidad estética con aquellos realmente filmados por nuestro personaje, Charles. Las imágenes encontradas funcionaron como base para imaginar posibilidades ficcionales en ellas.

El juego que establecés en el relato entre vos como realizador y el «dueño» de esas imágenes encontradas exige también la complicidad del espectador. ¿Es así, cómo llegaste a la construcción de la puesta, que se basa en la comunicación entre ambos?
En el primer intercambio de mensajes que tuve con el personaje Charles, descubrí que allí radicaba el dispositivo narrativo de la película, debía apoyarme en ese procedimiento y que el relato se fuese desprendiendo de esas cartas. Me interesaba que la estructura de la película tuviera tanto la historia de Charles, como historia central, y que luego mis fragmentos funcionaran como un descanso al relato de Charles, como si fuese un llamado de atención para el espectador, para recordarle que el «yo, Nacho» seguía presente y de alguna manera era quien estaba organizando la totalidad de la película.

Si se quiere, la película explora dos géneros un poco en desuso: el epistolar y el de aventuras. ¿Qué es lo que te atrae de estas formas narrativas?
El género epistolar dentro de la película fue una consecuencia real generada por el contacto con el dueño anterior de la cámara, casi que fue una elección impuesta por las condiciones. En relación al género de aventuras, es un camino que ya que había explorado en mi película anterior, que justamente se llamaba «Una aventura simple». Lo que me interesa de este género son las posibilidades ficcionales que habilitan los viajes para la aparición de lo impredecible, de lo impensado.

¿Cuáles son los autores o cinematografías que pueden emparentarse con la película?
Como referencias directas para la película tuve a Sans Soleil del francés Chris Marker y Viajo porque preciso, vuelvo por que te amo, de los brasileños Karim Aïnouz y Marcelo Gomes.

Publicado originalmente por el autor en Télam.

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