Consciente del revuelo previo que provocó desde el momento mismo de la iniciación del proyecto que tenía que ver con la pedofilia, Seidl trabaja desde el primer fotograma que se proyecta en la pantalla sobre la incomodidad del tema que aborda y le va sumando capas, que no hacen más que ir acercándose inexorablemente al tema y provocar una nausea difícil de tolerar.

Ewald (Wolfgang Thaler) es austríaco pero vive desde hace años en Rumania, en donde tiene trabajo y una novia que le reclama permanente un papel más activo en el sexo y con la que próximamente se va a casar. También tiene un padre internado en un asilo que desvaría con marchas nazis de la Segunda Guerra Mundial.

La insatisfacción de Ewald con su vida es evidente y la puesta se encarga de mostrar algún tipo de entusiasmo solo cuando se relaciona con niños en una plaza o arrojándose bolas de nieve en un jardín, momentos tensos en donde lo peor se insinúa pero no, la oportunidad llegará más adelante.

Y el momento llega progresivamente, porque el protagonista tiene un plan, que consiste en ir a una zona rural y montar en una escuela abandonada una «academia de yudo», en donde ofrece lecciones gratis para los chicos de la zona.

Lo que sigue es perturbador, porque Ewal se gana la confianza de los jóvenes y también de sus familias, en su mayoría pobres y abusivos, que dejan librado a un extraño a sus hijos por jornadas enteras.

Seidl provoca con el tema, pero más allá de lo que se ve y se sugiere, de entender al arte como un acto revulsivo, lo destacable del relato es el logro de viajar por las pulsiones de un abusador. En contraposición, es ubicar a la historia en un contexto de cuasi miseria, casi señalando a las familias sin educación ni recursos como los responsables que lo que les pasa a sus hijos con ese monstruo extranjero.

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