“1976” es la opera prima de Manuela Martelli -este año participó en la Quincena de Realizadores de Cannes- y cuenta cómo una mujer de la alta burguesía chilena, en plena dictadura pinochetista y a tres años del derrocamiento y muerte de Salvador Allende, ayuda a un militante herido en un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad.

Con la escena de inicio, en donde Carmen (Aline Kuppenheim) es testigo de un tiroteo en la calle mientras adentro, en un pinturería ella elige el color para la renovación de su casa en la playa, la directora traza un perfil rápido de la protagonista, una mujer con una vida económica holgada a la que el violento exterior parece sorprenderla, como si fuera su primer contacto con la situación política de su país por esos años.

Sin embargo, con el pedido del Padre Sánchez (Hugo Medina), un sacerdote amigo con el que colabora en labores de caridad, la certeza sobre el personaje en cuanto a su actitud ante la dictadura rápidamente comienza a cambiar.

Antiguamente Carmen trabajó en la Cruz Roja y a pedido del cura del pueblo atiende a “Elías” (Nicolás Sepúlveda), un delincuente herido que él cuida en su parroquia sin saber que no se trata de un ladrón sino de un militante, que seguramente no se llama Elías, y tiene un tiro en la pierna disparado por alguna fuerza de seguridad.

Al igual que otra película chilena, “Los perros” de Marcela Said, en cuanto a mostrar el “monstruo” desde adentro, es decir, el núcleo duro que apoyó a la dictadura, la puesta de “1976” hace sentir el clima opresivo de la época, la paranoia, las miradas torvas y el tratamiento que recibe Carmen como una señora bien, un esposo médico, hijos, y nietos que cuida con dedicación.

Pero sobre todo pone en relieve la decisión de involucrarse, de asomarse a la resistencia y la tarea militante y clandestina, en definitiva, de poner en juego su propia vida desmintiendo su clase, que apoya sin vacilar al gobierno de facto.

Compartir