La impactante «Tres hermanos», de Francisco Paparella, entró a la Competencia de Mar del Plata(Por Hugo F. Sánchez, enviado especial) – La masculinidad tóxica construida a través de los años por las difíciles condiciones de vida en un pueblo de la Patagonia es el eje de «Tres hermanos», de Francisco Paparella, la primera película argentina que entró hoy la Competencia Internacional de la 37ma. edición Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

El segundo filme de Paparella luego de Zanjas (2015), explora la brutal relación de tres hermanos, en donde la crueldad de sus acciones tiene la lógica brutal del contexto, con una naturaleza hostil que no se doblega, determinando un horizonte trágico para los protagonistas.

Se trata de una «historia con personajes a los que les cuesta mucho la comunicación, que no saben expresarse, que directamente no tienen herramientas para relacionarse con sus sentimientos», cuenta el director sobre el origen de la película en el foyer del teatro Auditorium, la sede central del festival.

«Me pareció que para poder terminar de entender estos personajes había que mostrar una realidad cruda, visceral y construirlo a través de eso, que la violencia estuviese en pantalla», explica el realizador.

Con la crudeza de algunas escenas de «La libertad» de Lisandro Alonso, el relato de aventuras de «El invierno» de Emiliano Torres y hasta algunos cruces con «El renacido», de Alejandro González Iñárritu; la película de Paparela es absolutamente original en su voluntad de asomarse a un universo inhóspito y cruel.

¿Cuál fue el origen de Tres hermanos, qué te llevó a contar una historia tan visceral sobre la vida en la Patagonia?

La idea gestora nació en el rodaje en El Bolsón de «Zanjas», mi primera película, cuando se acercó un chico, un cazador como muchos de esa zona y me contó la historia de cinco hermanos y también me dice que tuvo cáncer. En ese mismo momento apareció otro chico que con un jabalí atado al techo de un auto. A partir de ahí surgió la idea de contar una historia con personajes que les cuesta mucho la comunicación, que no saben expresarse, que directamente no tienen herramientas para relacionarse con sus sentimientos.

En una observación clínica de estos personajes. Empezamos a trabajar mucho sobre la masculinidad, que claramente son ásperos y me parecía interesante observarlos y tratar de entender estas vidas que parecen muy distantes, pero están acá. Obviamente hay mucha ficción alrededor, pero quería documentar esa rudeza del Sur, en donde las montañas, que los aíslan son el contexto que construye a las personas.

La masculinidad que retratás está saturada de violencia. ¿Por qué elegiste mostrar explícitamente estos comportamientos con tanta crudeza?

Me pareció que para poder terminar de entender estos personajes había que mostrar una realidad cruda, visceral y construirlo a través de eso, que la violencia estuviese en pantalla, una violencia que difiere bastante de otras clases de violencias cinematográficas, creo que se siente más palpable lo real en la construcción del verosímil de la película, buscamos que desde el primer momento el espectador quedara como destellado por estos personajes, que como dice la frase que está en el inicio de la película de la banda Malón mestizo, «Acaricio la crueldad del mundo y su dolor, la barbarie asustada» y eso me parece importante porque estas personas están asustadas, están desesperados por dentro y eso los lleva a cometer las atrocidades.

El relato también se ocupa del mundo del trabajo, las distintas jerarquías de ese pequeño universo.

En principio me parecía importante que ellos tuviesen cierto poder dentro del pueblo, mostrar un cierto poder feudal pero como de últimos reyes, de un linaje que se está terminando. Después se produjeron los incendios en la Patagonia y reescribí todo, ubicándolos como dueños de un aserradero, rodeados de madera quemada, con la idea de que todo lo que tocan los protagonistas se destruye, porque ese mismo bosque en donde viven, cazan y son reyes, lo destruyen. Son el cáncer de esa naturaleza en donde viven.

También ubicás a las mujeres en un plano de sometimiento casi absoluto a ese mundo masculino y brutal.

Al perder a la madre, para ellos es muy temprano, no tienen un rol ni una identificación con lo femenino, si no se entienden ellos mismos, menos van a entender a las mujeres y menos en el contexto en el que están. Sin embargo me parece muy importante que todas las mujeres que aparecen en la película tienen mucha personalidad y los resisten cuando sufren los embates la crueldad de estos tipos.

Con «La libertad», de Lisandro Alonso, hubo un debate sobre una escena en donde se destazaba a un cabrito pero vos vas más allá, con la caza brutal de un jabalí y también la operación de un testículo de uno de los protagonistas. ¿Dudaste al la hora de incluir esos momentos?

FP: Creo que era como un prólogo al universo que quería mostrar, que desde el minuto se viera la barbarie y la brutalidad. En la Patagonia hay gente que sigue alimentándose de la caza de jabalíes. La idea de la cacería tiene que ver que con que a nivel artístico, lo primero que hicimos como humanos fue pintar en las cuevas a un tipo con una lanza persiguiendo un ciervo. Además de la película de Alonso, también está ‘La rabia’ de Albertina Carri, que aclara algo así como que ‘estos animales en la película vivieron y murieron adentro de sus condiciones de su hábitat natural´.

En cuanto a ir un paso más allá, con los humanos es la misma idea, de lo que petrifican ellos, petrifican hasta su capacidad de reproducción.

Tres hermanos también tiene un componente del cine de aventuras. ¿Cuáles son tus referentes?

El «Infierno» de Dante Alighieri está presente todo el tiempo, porque esto es un descenso a los abismos. Y a nivel cinematográfico los directores que me provocan admiración en cuanto a fotografía y la complejidad de los personajes son el turco Nuri Bilge Ceylan y el coreano Hong Sang-soo.

Adhiero a lo que dijo ayer Graciela Borges en la apertura del festival sobre Leonardo Favio, en cuanto a que era capaz de retratar lo siniestro con amor.

Publicado originalmente por el autor en Télam.

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